logo Pistas de Luz: La degradación que recorre el mundo no es el agotamiento de la existencia, es un llamado a la urgencia de despertar al Poema Supremo. 
"poetizar hasta que rebrote" 
 
Thomas Merton
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Ahora que es posible RECREARNOS...  ¿Por qué seguir arrastrándonos como guijarros opacos en el crepúsculo?

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Nicanor Parra - Miguel Grinberg - Allen Ginsberg / La Habana (Cuba) 1965


AULLIDO


Allen Ginsberg

(EEUU, 1926-1997)


He visto las mejores mentes de mi generación destruídas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.
Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo El y vieron ángeles Mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados.
Quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos alucinando con Arkansas y la tragedia luminosa de Blake entre los estudiantes de la guerra.
Quienes fueron expulsados de las academias por locos por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo.
Quienes se encogieron sin afeitar y en ropa interior, quemando su dinero en papeleras y escuchando el Terror a través de las paredes.
Quienes se jodieron sus pelos púbicos al volver de Laredo con un cinturón de marihuana para New York.
Quienes comieron fuego en hoteles coloreados o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgaron sus torsos noche tras noche con sueños, con drogas, con pesadillas despiertas, alcohol y verga y bolas infinitas, ceguera incomparable; calles de nubes vibrantes y relámpagos en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todas las palabras inmóviles del Tiempo, sólidos peyotes de los vestíbulos, amaneceres en el cementerio del árbol verde, ebriedad del vino en los tejados, puestos municipales el neon estridente luces del tráfico parpadeantes, vibraciones del sol, la luna y los árboles en los bulliciosos crepúsculos de invierno de Brooklyn, estrepitosos tarros de basura y una regia clase de iluminación de la mente.
Quienes se encadenaron a sí mismos a los subterráneos para el viaje infinito desde Battery al santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de las ruedas y niños empujándolos hacia salidas exploradas estremecidas y desiertos golpeados de cerebros absolutamente secos de esplendor en la melancólica luz del Zoo.
Quienes se hundieron toda la noche en la luz submarina de Bickford's emergidos y sentados junto a la añeja cerveza después del mediodía en el desolado Fugazzi's, escuchando el crujido del destino en la caja de música de hidrógeno.
Quienes hablaron setenta horas seguidas desde el parque a la barra a Bellevue al museo al Puente de Brooklyn, batallón perdido de conversadores platónicos bajandode espaldas las escaleras de escape de los alfeizares del Empire State lejos de la luna, gritando incoherencias, vomitando susurrando hechosy recuerdos y anécdotas y patadas en la bola del ojo y traumas de hospitales y cárceles y guerras, intelectos enteros disgregados en amnesia por siete días y noches con ojos brillantes, carne para la Sinagoga arrojada al pavimento.
Quienes se desvanecieron en ninguna parte de Zen New Jersey dejando un reguero de ambiguas postales ilustradas de Atlantic City Hall, sufriendo sudores orientales y artritis Tangerianas y jaquecas de China bajo la basura en las salas sin muebles de Newark.
Quienes dieron vueltas y vueltas en la medianoche por el patio de trenes preguntándose adónde ir, y fueron, sin dejar corazones rotos.
Quienes prendieron cigarrillos en vagones traqueteando por la nieve hacia granjas solitarias en la noche del abuelo.
Quienes estudiaron a Plotino, Poe, San Juan de La Cruz, telepatía y cábala debido a que el cosmos instintivamente vibraba en sus pies en Kansas.
Quienes solos por las calles de Idaho buscaban ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios.
Quienes pensaban que sólo estaban locos cuando Baltimore destellaba en éxtasis sobrenatural.
Quienes saltaron a limusinas con el Chinaman de Oklahoma impulsados por la lluvia de los pequeños pueblos a la luz callejera de la medianoche del invierno.
Quienes haraganeaban hambrientos y solos por Houston buscando jazz o sexo o sopa, y siguieron al brillante español para conversar sobre América y la eternidad, una tarea sin esperanza, y tomaron un barco para Africa.
Quienes desaparecieron en los volcanes de México dejando tras suyo nada excepto la sombra del estiércol y la lava y la ceniza de la poesía quemada en Chicago.
Quienes reaparecieron en la Costa Oeste investigando el F.B.I. en barbas y pantalones cortos con grandes ojos pacifistas atractivos en su oscura piel entregando incomprensibles folletos.
Quienes se quemaron sus brazos con cigarros encendidos protestando contra la bruma narcótica del tabaco del Capitalismo.
Quienes distribuyeron panfletos supercomunistas en Union Square sollozando y desvistiéndose mientras las sirenas de Los Alamos los deprimían, y se deprimía Wall, y el ferry de Staten Islan también se deprimía.
Quienes rompieron a llorar en blancos gimnasios desnudos y temblorosos frente a la maquinaria de otros esqueletos.
Quienes mordieron detectives en el cuello y chillaron con placer en autos policiales por no cometer un crimen salvo su propia pederastia salvaje y su intoxicación.
Quienes aullaron de rodillas en el metro y fueron arrastrados por el techo ondeando sus genitales y manuscritos.
Quienes permitieron ser penetrados por el ano por virtuosos motociclistas, y gritaron con alegría.
Quienes chuparon y fueron chupados por aquellos serafines humanos, los marineros, caricias del amor Atlántico y Caribeño.
Quienes eyacularon en la mañana en la tarde en jardines de rosas y en el pasto de parques públicos y cementerios esparciendo su semen libremente a quienquiera que llegara.
Quienes hiparon sin cesar tratando de reir pero se torcían de llanto detrás de un cubículo de un Baño Turco cuando el angel rubio y desnudo venía a atravesarlos con una espada.
Quienes perdieron a sus amantes por las tres viejas musarañas del destino, la musaraña tuerta del dólar heterosexual, la musaraña tuerta que hace guiños fuera del útero y la musaraña tuerta que no hace nada sino sentarse en su trasero y corta las hebras doradas intelectuales del vislumbre del artesano.
Quienes copularon extáticos e insaciables con una botella de cerveza, un novio, un paquete de cigarrillos, una vela y se cayeron de la cama, y continuaron en el suelo y por los pasillos y terminaron desmayándose en la pared con una visión del último coño y llegaron a eludir el último atisbo de conciencia.
Quienes endulzaron las conchitas de un millón de chicas temblorosas en el ocaso, y tenían los ojos rojos en la mañana pero preparados para endulzar las conchitas del sol naciente, destellantes traseros bajo los establos y desnudos en el lago.
Quienes iban a putas en Colorado por miriadas en autos robados, N.C., héroe secreto de estos poemas, semental y Adonis del alegre Denver a la memoria de sus innumerables encamadas con chicas en lotes vacíos, patios de bares, hileras de desvencijadas casas rodantes en la cima de montañas, en cavernas o con demacradas meseras en familiares subidas de enaguas al lado del camino y especialmente la secreta estación de gasolina solipsismos de juan, y callejones pueblerinos también
Quienes se devanecieron en vastas películas sórdidas, se transformanron en sueños, despertaron en un repentino Manhattan, y se encontraron a sí mismos fuera de los sótanos colgados sobre descorazonados Tokay y los horrores de los sueños de hierro de la Tercera Avenida y tropezaron con las oficinas de desempleo.
Quienes caminaron toda la noche con sus zapatos llenos de sangre en los muelles esperando una puerta en East River para entrar a un cuarto lleno de vapor caliente y opio.
Quienes crearon grandes dramas suicidas en el apartamento de los acantilados del Hudson bajo el rayo azul de la luna de tiempo de guerra y sus cabezas eran coronadas con el laurel del olvido.
Quienes comieron la cazuela de cordero de la imaginación o digirieron cangrejos en el fondo lodoso de los ríos de Bowery.
Quienes lloraron por el romance de las calles con sus carritos llenos de cebollas y mala música.
Quienes se sentaron en cajas respirando en la oscuridad bajo el puente, y se levantaron para construir arpas en sus desvanes.
Quienes tosían en el sexto piso del populoso Harlem con llamas bajo el cielo tuberculoso rodeados por las jaulas naranjas de la teología.
Quienes garrapatearon toda la noche golpeando y rodando sobre elevadas incantaciones que en las amarillas mañanas eran estrofas de jerigonza.
Quienes cocinaron animales podridos pulmones, corazón, pata ,cola borsht y tortilla soñando con el puro reino vegetal.
Quienes se zambulleron en camiones de carne buscando un huevo.
Quienes tiraron sus relojes del tejado para dar su voto a la eternidad fuera del Tiempo y despertadores cayeron sobre sus cabezas todos los días por la siguiente década.
Quienes se cortaron las muñecas tres veces seguidas sin éxito, se rindieron y fueron forzados a abrir anticuarios donde pensaban que se ponían viejos y gritaban.
Quienes fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela en Madison Avenue entre ráfagas de versos plomizos y el parloteo borracho de los regimientos de acero de la moda y los chillidos de nitroglicerina de las agencias de publicidad y el gas mostaza de los editores siniestramente inteligentes, o cayeron por los taxis ebrios de la Absoluta Realidad.
Quienes saltaron del Puente de Brooklyn esto realmente sucedió y quedaron desconocidos y olvidados en el aturdimiento fantasmal de los callejones de sopa y camiones de incendio de Chinatown, ni siquiera una cerveza gratis.
Quienes cantaron por sus ventanas de desesperación, cayeron de la ventana del metro, saltaron en el sucio Passaic, brincaron en negros, gritaron por toda la calle, bailaron descalzos en trozos de copas de vino rotas grabaciones de fonógrafos de la nostalgia Europea jazz alemán de 1930 terminaron el whiskey y se lanzaron gemebundos en baños sangrientos, gemidos en sus oídos y la ráfaga colosal del silbido del vapor.
Quienes rodaron por las carreteras del viaje al pasado para cada uno el látigo del Gólgota reloj de la soledad de la cárcel o encarnación del jazz de Birmingham.
Quienes condujeron una visión para encontrar la eternidad.
Quienes viajaron a Denver.
Quienes murieron en Denver.
Quienes volvieron a Denver y esperaron en vano.
Quienes aguardaron en Denver y empollaron solos en Denver y finalmente se fueron para encontrar el Tiempo, y Denver es solitario para sus heroinas.
Quienes cayeron de rodillas en catedrales sin esperanza rezando por la salvación de cada uno y la luz y los pechos, hasta que el alma iluminara su cabello por un segundo.
Quienes chocaron con sus mentes en la cárcel esperando criminales imposibles con cabezas doradas y el encanto de la realidad en sus corazones que cantaban dulces blues a Alcatraz.
Quienes se retiraron a México para cultivar un hábito, o a Rocky Mount para ofrecer Buddha o Tánger a los muchachos al Southern Pacific a la locomotora negra o a Harvard a Narciso a Woodland para la sepultura o daisychain.
Quienes exigieron juicios de cordura acusando a la radio de hipnotismo y fueron dejados con su locura y sus manos y un jurado colgado.
Quienes arrojaron papas saladas a los conferencistas de Dadaismo en CCNY y subsecuentemente se presentaron ellos mismos en las baldosas de granito del manicomio con cabezas rapadas y un discurso arlequinesco de suicidio, demandando una lobotomía instantánea, y quienes a su vez se entregaron a la nulidad concreta de la insulina, Metrazol, electricidad, hidroterapia, psicoterapia, terapia ocupacional, ping pong y amnesia.
Quienes en protesta seria dieron vuelta sólo una simbólica mesa de ping pong, descansando brevemente en catatonia, volviendo años después verdaderamente calvos excepto por una peluca de sangre, y lágrimas y dedos, a la visible fatalidad del hombre loco de los pupilos de los pueblos locos del Este, salas fétidas de Pilgrim State's Rockland's y Greystone discutiendo con los ecos del alma, pegando y rodando en la soledad-banca-dolmen-reinos del amor de medianoche, sueños de vida en una pesadilla cuerpos convertidos en roca tan pesados como la luna, con la madre finalmente, y el último libro fantástico arrojado por las ventanas del departamento, y la última puerta cerrada a las 4 A.M. y el último teléfono pegado a la pared sonando y la última pieza amueblada, un papel rosa amarillo torcido en un colgador de alambre en el closet, e incluso eso imaginario, nada sino un poco de esperanzadora alucinación ah, Carl, mientras no estés seguro yo no estoy seguro, y ahora tú estás realmente en la sopa animal total del tiempo y quienes por lo tanto corrieron a través de las calles congeladas obsesionados con un repentino destello de la alquimia del uso de la elipse el catálogo el metro y el plano vibrante.
Quienes soñaron y encarnaron brechas en el Tiempo y Espacio a través de imágenes yuxtapuestas, y atraparon al arcángel del alma entre 2 imágenes visuales y unieron los verbos elementales y establecieron el nombre y rasgos de la conciencia al mismo tiempo saltando con sensación de Pater Omnipotens Aeterna Deus para recrear la sintaxis y medida de la pobre prosa humana y ponerse frente a tí estupefacto e intelegente y sacudirse con vergüenza, rechazando incluso revelar el alma para conformarse al ritmo del pensamiento en su desnuda y eterna cabeza, el vagabundo loco y el golpe del ángel del Tiempo, desconocido, incluso poniendo aquí lo que podría dejar de ser dicho en tiempo de volver después de la muerte, y surgieron reencarnados en los trajes fantasmales del jazz en la sombra del corno dorado de la banda y exhalar el sufrimiento de la mente desnuda de América para amar en un eli eli lamma lamma sabacthani saxofón que llora estremeciendo las ciudades bajo la última radio con el corazón absoluto del poema de la vida descarnada de sus propios cuerpos buenos para comer mil años.


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REVELACION Y RESCATE



Como el amor, la poesía es la persecución de un secreto imposible. En lo más profundo del ser, alimentado por el canto del universo, la insondable, volcánica plenitud del deseo dirige en la sombra el sentidode un destino. Oprimidos por la cultura, las ideas recibidas y su propio terror, los hombres generalmente , se las ingenian para ahogar esa levadura salvaje. Reducido a las cenizas de la mala conciencia y a la insatisfacción, al hastío y a la resignación en el seno de las familias, el deseo no apaga nunca, sin embargo su llaga es inapelable. Incluso su virtud se extiende al mal, al vicio, a la muerte. Pero su esplendor rescata en el hombre su naturaleza abisal. Pienso que la poesía es una empresa de revelación y rescate de esos poderes. Palabra a palabra va dando la forma del deseo y, cuando rescata un destello de ese sol enterrado bajo la razón y la lógica de toda la violencia del mundo, se siente que ha cumplido su designio. La poesía es ese descenso al infierno, al vicio y al terror.

Enrique Molina

Hotel Pájaro (Antología) Centro Editor de América Latina.

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Correspondencias


Josu Landa



Volver a pisar la hierba...

y que se abren los flujos
como si el cuerpo siempre esquivo del horizonte
al fin
recibiera a uno en su vientre
muy sangre por dentro
(pese a lo verde)
y por debajo de lo suave
a lo serpiente que sube hacia una ubre:
estrellar la leche uránica de una galaxia
también en el seno de uno
(el sueño del Uno),
sin que la temperatura despilfarre un acento más
salvo un rubor un tanto moribundo
como ojo de astro en lontananza:
el amado nervio de cierto calosfrío:
elongaciones e hinchazones
frotaciones en pose de jadeo
en la mira de algún líquido metálico
(mercúrico)
dentro del corazón hecho cinabrio

Palpar la inocencia del torrente
a sabiendas de que es así como marchamos hacia el blanco
como el agua sobre las aguas
al disolver el hueso endeble de las olas en trance de suicidio sin fin
como las perlas sobre las perlas de la llovizna
y que el verbo se quede donde debe
(en su nido de silencio y llamas demasiado albas)
mientras los poros sorben lo que arde
lo que crece:
los humores en unción por el serpenteo abril de esa carne diamantina:
el elemento que ya quisiera
y uno como en un extremo
guardando pasos para el instante
como en un polo
cuando está escrito que manarán manos
manarán
a deshacer lo que dista entre los cuerpos

Hacer tierra por entre las piernas
por entre los huesos:
nada de resentir y sí abrirse
como si nos invadiera la marea sorda e invencible de la simiente
como si nos visitara el relámpago:
el juego de fuego en la entraña siempre virgen de la aurora
y la resaca de ascuas que nos mira desde la Gran Oscuridad inocula una como ceguera
por el dulce velo del placer
por el dulce vuelo entre la sal bruñida y pánica del mediodía
hacia la cifra-noche donde sembrar palabras sin sombra:
frutos resplandecientes de lo puro
(en este espejo no suceden cosas más gloriosas que las llamas)
allí donde no nos alcance un dedo estigio ni siquiera trocado en cornucopia
y sin necesidad de cruzar umbrales
nos inunde el oro intenso del tiempo-luz:
el destello que pare lunas en un astro muerto
y tiemble la tiniebla

Entregar el cuerpo al alma limpia del viento:
ceder la piel a las huellas de su paso
a su mano absoluta de trasgo sin aristas
a su aura de ojo puro
sin el arco mínimo de un iris
y sin embargo uno con todo lo visible y lo invisible
mientras se expande el aroma del bosque
hasta la respiración del mundo:
bien en el pecho inocente del cisne
bien en la red de sangre del animal en celo
y su urgencia de buscar más
de pedir más
incluso más allá de este aquí
aunque también comulgue con la hostia de la contención:
el silencio donde flota sin rimbombar la música de la más honda esfera
a la par del arduo latido de la espera
cuando el tiempo se pasa de la raya
cuando la lejanía sepulta los caballos ya envejecidos del crepúsculo

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De la Sociedad de los poetas muertos


Walt Whitman



No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.

No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras
y las poesías sí pueden cambiar el mundo.

Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.

La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos enseña,
nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tú puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.

No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.

No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.

Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.

Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.

Vívela intensamente, sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.

Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida.

La sociedad de hoy somos nosotros
Los "poetas vivos".

No permitas que la vida te pase a ti
sin que la vivas...



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BAJO TU CLARA SOMBRA


Octavio Paz



Un cuerpo, un cuerpo solo, un sólo cuerpo
un cuerpo como día derramado
y noche devorada;
la luz de unos cabellos
que no apaciguan nunca
la sombra de mi tacto;
una garganta, un vientre que amanece
como el mar que se enciende
cuando toca la frente de la aurora;
unos tobillos, puentes del verano;
unos muslos nocturnos que se hunden
en la música verde de la tarde;
un pecho que se alza
y arrasa las espumas;
un cuello, sólo un cuello,
unas manos tan sólo,
unas palabras lentas que descienden
como arena caída en otra arena....

Esto que se me escapa,
agua y delicia obscura,
mar naciendo o muriendo;
estos labios y dientes,
estos ojos hambrientos,
me desnudan de mí
y su furiosa gracia me levanta
hasta los quietos cielos
donde vibra el instante;
la cima de los besos,
la plenitud del mundo y de sus formas.





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ELEGIAS DE DUINO


Rainer María Rilke


La primera elegía



¿Quién, si yo gritara, me escucharía desde los órdenes angélicos?
Y suponiendo que un ángel de pronto me tomase contra su corazón:
me extinguiría ante su existencia más fuerte.
Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible, que todavía podemos soportar
y admirarnos tanto, pues impasible desdeña destruirnos. Todo ángel es terrible.
Y así me contengo y trago el reclamo de un oscuro sollozo. ¡Ay! ¿A quién podremos pues recurrir?
Ni a los ángeles ni a los hombres; y las bestias, más sagaces, advierten ya
que nos hallamos muy inseguros en el mundo interpretado. Nos queda, quizás,
un árbol cualquiera en la cuesta, que pudiéramos
verlo diariamente; nos queda la senda de ayer, y la fidelidad demorada de la costumbre,
que complacida con nosotros se quedó para no irse,
¡Oh!, y la noche, la noche cuando el viento lleno de espacio cósmico nos consume el rostro,
¿con quién quedaría ella, la anhelada, la que dulcemente nos desengaña, la que arduamente
se anuncia al corazón aislado? ¿Es ella más ligera para los amantes?
¡Ay! ellos no hacen más que ocultarse el uno al otro su destino.
¿No lo sabes todavía? Arroja desde los brazos el vacío hacia los espacios que respiramos;
quizá las aves sientan con su vuelo más ferviente el aire dilatado.

Sí, las primaveras te requerían. Algunas estrellas exigían que las percibieras.
Se levantó hacia ti una oleada desde el pasado, o, cuando pasabas junto a la ventana abierta,
un violín se te entregaba. Todo esto era misión. Pero, ¿es que la cumpliste?
¿No estabas siempre distraído por la espera, como si todo te anunciara un amante por llegar?
¿Dónde quieres esconderla, si los grandes y extraños pensamientos entran y salen
en ti, y permanecen más a menudo en la noche?
Pero si sientes la nostalgia, entonces canta a los amantes;
aún no es bastante su renombrado sentimiento.
Canta -casi los envidias- a los abandonados, que hallaste mucho más amantes que los satisfechos.
Inicia siempre de nuevo, inicia la inalcanzable alabanza; piensa: el héroe se mantiene aún
en su misma caída,
fue un pretexto solamente para ser: su nacimiento último.
Pero la naturaleza exhausta recoge a los amantes en su seno, como si no hubiera fuerzas
para cumplir esto dos veces. ¿Has pensado, pues, bastante en Gaspara Stampa?*
Que alguna muchacha, a quien el amante abandonara,
sintiese ante el ejemplo exaltado de esta amante: ¡ojalá llegara a ser yo como ella!
Estos dolores muy antiguos, ¿no deberán finalmente sernos más fecundos? No es tiempo ya
de que amorosamente nos libremos del amado, y de que estremecidos resistamos:
tal como a la cuerda resiste la flecha, para que en la tensión del salto sea más que ella misma.
Pues un detenerse no existe.
¡Voces, voces! Escucha, corazón mío, como antes sólo escuchaban los santos,
hasta que el inmenso llamado los levantaba del suelo; pero ellos, inconmovibles, permanecían arrodillados,
sin atender a nada: así pudieron oír.
No es que tú soportaras la voz de Dios, ni remotamente. Pero escucha el soplo de la brisa,
escucha el mensaje incesante que se forma de silencio.
Ahora susurra hacia ti desde aquellos jóvenes muertos.
En donde entrabas, en las iglesias de Roma y Nápoles ¿no te hablaba serenamente su destino?
O bien una inscripción se te imponía, sublimemente, como hace poco el epitafio en Santa María Formosa.**
¿Qué quieren de mí aquellos muertos?
Quedamente debo quitarles la apariencia de injusticia, que en ocasiones
estorba un poco el movimiento puro de sus espíritus.

Ciertamente que es extraño no habitar ya más la tierra,
no ejercitar ya costumbres apenas aprendidas, no dar más a las rosas y a otras cosas
en sí prometedoras la significación del porvenir humano; no ser ya lo que se era
en manos infinitamente temerosas, y abandonar hasta el propio nombre, como un juguete roto.
Extraño es no seguir deseando los deseos.
Extraño ver aletear tan sueltamente en el espacio todo lo que tenía relación.
Y el estar muerto es penoso y está lleno de recuperación,
para que gradualmente se sienta un poco de eternidad.
Pero los vivos cometen todos el error de distinguir demasiado intensamente.
Los ángeles (se dice) no saben a menudo si andan entre los vivos o los muertos.
La corriente eterna arrastra siempre consigo todas las edades por los dos reinos
y hace acallar a ambos.

Finalmente, los muertos prematuramente ya no nos necesitan.
Uno se deshabitúa suavemente a lo terreno,
igual que cuando con dulzura se emancipa del pecho de la madre.
Pero nosotros, que necesitamos de tan grandes misterios, para quienes
desde la misma tristeza brota un progreso dichoso, ¿podríamos existir sin ellos?
¿Fue inútil la leyenda, cuando en el luto por Lino,*** su balbuciente música atravesó
la seca rigidez de la materia?
¿Fue en vano que sólo en el espacio aterrado, del que una vez para siempre
salió un doncel casi divino,
lo vacío haya entrado en aquella vibración, que ahora nos arrebata, nos consuela y nos ayuda?


* Dama italiana abandonada por el conde Collatino de Collato, vertió su pasión en sonetos
que tradujo el propio Rilke.

** Iglesia en Venecia.

*** Semidiós y poeta mítico, como Orfeo. Homero menciona en la Ilíada su lamento de extinción.




La décima elegía



Que algún día, a la salida de la visión terrible,
se eleve mi canto de júbilo y gloria hasta los ángeles propicios.
Que de los martillos bien templados del corazón
ninguno falle en cuerdas flojas, vacilantes o desgarradas.
Que mi rostro bañado en llanto me haga más radiante;
que el canto imperceptible florezca.
¡Cuán queridas me seréis entonces, oh noches de aflicción!
¿Cómo no me arrodillé allí ante vosotras, hermanas inconsolables,
para recibiros? ¡Que no me haya abandonado a vosotras
y rendido en vuestros cabellos sueltos! Nosotros,
disipadores de los sufrimientos.
¡Cómo los prevemos de antemano, en su triste duración,
por si acaso terminan finalmente! Pero ellos,
en verdad,
son nuestro follaje invernal, nuestra oscura pervinca,
una de las estaciones del año secreto -no solamente estación-,
sino también lugar, poblado, campamento, suelo, residencia.
Ciertamente ¡ay! qué extrañas son las callejas de la Ciudad del Dolor,
donde en el falso silencio, hecho de estrépito,
con violencia alardea el ruidoso oropel, el monumento alabancioso,
vertido en el molde del vacío.
¡Oh!, cómo un ángel les pisotearía, sin dejar huella, su mercado de consuelos,
que limita la iglesia que compraron recién hecha:
limpia y cerrada y sin ilusiones, como una oficina de correos en domingo.
Pero afuera se encrespan siempre los bordes de la feria,
¡columpios de la libertad! ¡buzos y prestidigitadores del afán!
¡Y la barraca de tiro, con figuras de la dicha embellecida,
donde todo se sacude y suena como hojalata cuando un tirador certero
da en el blanco. Del aplauso a la casualidad se marcha dando tumbos:
¡pues las barracas solicitan cualquier curiosidad,
redoblan los tambores y berrean sus pregones!
Pero para los adultos
todavía hay interés especial en ver cómo el dinero se multiplica anatómicamente,
no sólo como diversión: el órgano sexual del dinero,
todo, el conjunto, el acontecimiento, esto instruye y hace fecundo...
¡Oh!, pero en seguida, luego de esto,
detrás del último tablón, pegado con carteles de "No muerte",
aquella cerveza amarga que los bebedores hallan dulce
cuando la saborean sin cesar con frescas diversiones...
de inmediato, tras el tablón, inmediatamente atrás, está lo verdadero.
Los niños juegan, y los amantes se abrazan gravemente, aparte,
sobre la hierba rala, y los perros siguen su naturaleza.
El joven se deja arrastrar más lejos aún quizá porque ame
a una joven Lamentación... Siguiéndola, llega a unos prados. Ella dice:
Lejos. Nosotros vivimos allí, afuera...
¿Dónde? Y el joven la sigue. Su porte le conmueve.
Los hombros, el cuello, quizás, ella es de una estirpe ilustre.
Pero él la deja, se vuelve, regresa, se despide...
¿Para qué sirve? Ella es una Lamentación.
Solamente los muertos jóvenes, en el primer estado de impasibilidad sin tiempo,
en el desacostumbramiento,
la siguen con amor. Ella a las muchachas aguarda y las amiga.
Les muestra dulcemente lo que lleva puesto.
Perlas de color y los finos velos de la resignación.
Con los jóvenes ella marcha silenciosa.
Pero allí donde ellas habitan, en el valle, una de las más antiguas Lamentaciones
atiende al joven que pregunta: fuimos una vez, dice ella, una gran estirpe,
nosotras, las Lamentaciones. Nuestros padres
explotaban una mina, allí, en la montaña grande;
entre los hombres encontrarás a veces un trozo tallado del dolor ancestral,
o escorias petrificadas de la ira brotadas de un viejo volcán.
Sí, esto proviene de allí. Antaño fuimos ricas en dolores.
Y ella, ligera, le conduce a través del vasto paisaje de las Lamentaciones,
le muestra las columnas de los templos o las ruinas
de aquellas fortalezas, donde Príncipes de las Lamentaciones
habían gobernado antaño sabiamente el país.
Le muestra los árboles altos de las lágrimas
y los campos florecientes de la melancolía,
(los vivientes la conocen sólo como un follaje apacible);
les muestra los animales de la tristeza, paciendo, y a veces
un pájaro azorado vuela rasante al nivel de su mirada
trazando en el aire la imagen de su grito solitario.
Al atardecer ella le conduce a la tumba de los antepasados
de la estirpe de las Lamentaciones, las sibilas y los profetas.
Pero, cuando la noche se acerca, ellas caminan más quedamente,
y pronto lunea en lo alto el monumento fúnebre que vela sobre todo,
hermano de aquél junto al Nilo,
de la Esfinge augusta: -el rostro de la cámara secreta.
Y miran atónitos la cabeza coronada, la que para siempre y en silencio
ha puesto el semblante de los hombres sobre la balanza de las estrellas.
No lo comprende su mirada, mareado todavía por la muerte temprana.
Pero la mirada de ella, tras el borde del Pschent*, espanta a la lechuza.
Y ella,
rozando con lento toque a lo largo de la mejilla,
aquella de más dura redondez,
traza blandamente en el oído nuevo del muerto,
por encima de una doble hoja desplegada, el contorno indescriptible.
Y más alto, las estrellas. Nuevas. Las estrellas del país del dolor.
Lentamente las nombra la Lamentación: "Aquí, mira el 'Jinete', el 'Bastón'
y a la constelación más redonda la llaman: 'Corona de frutas'. Luego,
más lejos, hacia el polo: la 'Cuna', el 'Camino', el 'Libro ardiente', el 'Títere', la 'Ventana'.
Pero en el cielo del sur, pura como el interior de una mano bendita, la M resplandeciente
y clara
que corresponde a las Madres..."
Pero el muerto debe partir, y en silencio la más vieja
de las Lamentaciones le conduce a la garganta del valle,
donde brilla el resplandor de la luna: la Fuente de la Alegría.
Con devoción la nombra ella y dice:
"Entre los hombres ella es una corriente arrolladora".
Arriban al pie de la montaña, y allí, sollozando, ella le abraza.
Solitario asciende él por la montaña del dolor original.
Y ni aun su paso suena desde la silenciosa suerte.
Pero si ellos, los infinitamente muertos, despertarán
en nosotros un símbolo, mira, ellos nos mostrarían quizá los lamentos
que cuelgan del avellano vacío, o
pensarían en la lluvia que en la primavera cae sobre el oscuro reino de la tierra.
Y nosotros, que pensamos en una felicidad creciente,
sentiríamos la misma emoción que casi nos anonada
cuando algo dichoso cae.

* La doble corona que en los Faraones significaba la unión del Alto y Bajo Egipto.


Traducción de Rodolfo Modern
Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1985


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Otoño juntos


Tomás Segovia



Otoño vuelve a colocarlo todo

Mucho más en su sitio

Después de barrer bien


Aprovecha el frescor

Para hacer con el aire cuenta nueva

Antes que el año acabe


Otra vez sus caminos son de estreno

Otra vez sonreímos de acordarnos

Que antes que a todo lo demás

venimos

A abrir las puertas y salir al fresco

Dejar sin aprensión nuestro envoltijo

envuelto

Y surcar ágilmente

Estas límpidas pozas cegadoras

Donde toda jugada está siempre

empezando


Pues remover la luz y el alborozo

En este libre golfo zambullidos

Es la animosa empresa más

rectamente nuestra

Y correr al azar sin reticencia

Por un jardín azul florido de

llamados

Fue siempre la mejor manera

de estar juntos.

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VISIONES SUPREMAS DE RUMI, MISTICO SUFI DEL SIGLO XIII


ILUMINADO AMANTE DEL AMOR



Editado por Miguel Grinberg

Antología de prosas y poemas con un conocimiento divino forjado como una sabiduría del corazón, clave del esclarecimiento.


MEVLANA JALALUDIN RUMI (1207-1273) brilla como figura cumbre de la cultura persa, gema incomparable del complejo itinerario que algunos humanos recorren para fusionar su naturaleza terrena con la divinidad, su hálito transitorio con lo eterno que no admite márgenes ni definiciones. Mevlana significa “maestro” y si fuese necesario resumir sus visiones en una sola línea, bastaría decir que su enseñanza se basaba en afirmar que cada uno de nosotros es portador de un grano o semilla de luz, que sucumbe si no lo llenamos con nosotros mismos.
Su siembra devocional se insertó en el marco del sufismo del siglo XIII, una de las epopeyas espirituales y psicológicas de la humanidad. Además de legarnos varios volúmenes de poesía y prosa trascendentales, Rumi fundó la Orden de los Derviches Danzantes. Decía que la plegaria tiene una forma, un sonido y una realidad física. Todo lo que posee una palabra, tiene un equivalente físico. Y todos los pensamientos tienen una acción. Lo demás fue la corporización del barakha, la gracia divina.
El sufismo es una aventura, una meta de perfección humana alcanzada mediante la revisión y el despertar, dentro de la humanidad, de un órgano elevado de realización, consumación, o destino. Los sufíes creen que la humanidad evoluciona hacia cierto destino, y que todos formamos parte de tal evolución, lo sepamos o no.
Rumi, que celebraba la Presencia, a la que llamaba el Amigo o el Amado, fue hallando dentro del hombre una fuerza poseedora de una energía secreta que, si se utilizaba de modo correcto, podía expandirse hasta el infinito. Y asumió esa potencialidad invisible como la causante de todas las formas que el ser humano comparte con el resto del universo.

FORMAS DE LA FELICIDAD


* “Mi cabeza está estallando con el deleite de lo desconocido. Mi corazón se expande con mil despliegues. Cada célula adquiere alas y vuelan alrededor del mundo. Todas buscan los infinitos rostros de mi Amado.

* Somos condicionados por un juego del Amor. ¿Cómo puedes esperar que nos portemos bien y procedamos modestamente? ¿Cómo puedes esperar que nos quedemos en casa como niñitos buenos? ¿Cómo puedes esperar que disfrutemos si estamos encadenados como dementes? Oh, mi Amado, nos encontrarás todas las noches en tu calle, con los ojos pegados a tu ventana, esperando un destello de tu rostro refulgente.

* Los Amantes beberán vino noche y día. Beberán hasta que puedan rasgar los velos del intelecto y hasta fundir las capas de vergüenza y de modestia. Al Enamorarse, cuerpo, mente, corazón y alma no existen siquiera. Haz esto: enamórate, y nunca más estarás separado.”

--del libro publicado por Longseller, Amante del Amor, de Rumi


Av. Corrientes 1752 - Buenos Aires

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Asimismo, en la misma librería está disponible:
CANTARES DE INOCENCIA Y EXPERIENCIA
de William Blake (trad. M. Grinberg)
Serie Clásicos de Bolsillo

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Otoño Secreto


Jorge Teillier



Cuando las amadas palabras cotidianas
pierden su sentido
y no se puede nombrar ni el pan,
ni el agua, ni la ventana,
y ha sido falso todo diálogo que no sea
con nuestra desolada imagen,
aún se miran las destrozadas estampas
en el libro del hermano menor,
es bueno saludar los platos y el mantel puestos sobre la mesa,
y ver que en el viejo armario conservan su alegría
el licor de guindas que preparó la abuela
y las manzanas puestas a guardar.

Cuando la forma de los árboles
ya no es sino el leve recuerdo de su forma,
una mentira inventada
por la turbia memoria del otoño,
y los días tienen la confusión
del desván a donde nadie sube
y la cruel blancura de la eternidad
hace que la luz huya de sí misma,
algo nos recuerda la verdad
que amamos antes de conocer;
las ramas se quiebran levemente,
el palomar se llena de aleteos,
el granero sueña otra vez con el sol,
encendemos para la fiesta
los pálidos candelabros del salón polvoriento
y el silencio nos revela el secreto
que no queríamos escuchar.

(De «Para Ángeles y Gorriones», 1956)

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ALGUNA MEMORIA


Raúl Gustavo Aguirre



PARTE I

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Bella que me anuncias una extraordinaria complicación. Tantos crímenes olvidados reaparecen por ti.
Llega el tiempo de la proeza infatigable frente a tus ojos sin sueño que ningún diamante puede cerrar.



Ella se expone a las angustias del siglo, usinas de la realidad. Más explícita se quiere, menos se la conoce. El sueño de los asesinos y de los poetas es que llegue a tener un rostro.



Para llegar aquí, ella debe atravesar una región de fotógrafos exacerbados por su asombrosa presencia. A pesar de su aplicación, estos espectadores sólo se quedarán con las pruebas delebles de su distancia de la verdad. Es que para retenerla hubiera sido preciso transformarse en ella, ser ella, y no su descripción más o menos feliz. Yo me lo repito siempre después de mis tentativas inútiles.



Ella mantiene la frescura, la diligencia feliz de la vida, por cuya justificación nos dejamos tentar, hierros de tristeza y de habilidad vergonzosa. Invita a los hombres, a quienes sabe posibles no por el memorial de sus servicios sino por la suma de su condición, a un juego de alta conciencia y de contumancia en el extremo de los enigmas. Ha conseguido así formar una tribu dispersa por el mundo, cuyos miembros se ignoran mutuamente y sin embargo reparan en común los hilos rotos de una gran red de belleza.



La jurisprudencia acumulada por las heridas, la imagen del mundo construida con la memoria de una continua decepción, la torpeza de la saciedad en el epílogo, todas las apariencias de la consumación se borran y se anulan en el esplendor de ese deseo que arrastra consigo, el asombro, el origen y la felicidad del universo y que ella, continuamente, se complace en inspirar.



Ella tampoco está exenta de las cargas fiscales, de las confusiones de la red telefónica, de las representaciones ilícitas. Pero se aviene, sin espanto, a ocupar con nosotros un lugar desfavorable en el mundo. A decir verdad, sólo emplea su tiempo en maravillarse. El siglo ha mejorado con su presencia.



En ella, la oscuridad se transforma en largo regocijo del ladrón solitario. Las señales que no comprende no estaban dirigidas a nosotros.



Viene de ausencias maravillosas, de seres que la amaron a través de otros seres cuyo destino era cambiarse en ella con tanta lentitud que la eternidad les maldice. (La eternidad maldice su lentitud, no su destino.)



Ella no comprende el Oráculo, no se lleva bien con aquéllos en quienes el Espíritu ha entrado para vociferar. ¡El lenguaje del dios resuena miserablemente puro en esas cabezas! No comprende una sola palabra que no haya atravesado el sufrimiento lúcido de un hombre, que no conserve señales de la lucha... Ella ignora también qué hacen los que se torturan a sí mismos para que los otros los vean, cuando había que ir más lejos, con los otros, más lejos todavía en el dolor... Esos inútiles inventores de martirio, de palidez, de revelación, a su vez, la odian misteriosamente.



Ella no sabría entretener con apariciones espectaculares nuestros ojos ávidos de exageración. Prefiere permanecer en los resquicios de una realidad que se proclama habitable y obligatoria. Como a las larvas de luciérnaga, la tiniebla la abruma, pero le es imprescindible.



Hasta que el Labrador la descubra, por último, en su terreno magnífico, seguirá siendo la víctima paciente de nuestras herramientas equivocadas.



A su lado, contemplar el abismo resulta una excelente diversión. En su ausencia, comienzo de la angustia para el observador sensible.



Ella siega el verano, y luego todo es azul alrededor de sus ojos invisibles.



Como la cigarra, sólo puede vivir en medio del incendio que suscita.



¡Ah, pequeño milagro, vida enorme! ¡Enorme vida en una nada enorme!



Así como el placer es su reino, ella no puede detenerse en esas gradas fáciles donde el olvido nos ofrece sus pactos sospechosos. Si sufre, es para morir.



Por ella entramos en el mundo, pero también por ella nos es cada vez más fácil excluirnos de él. El enigma del bello vivir.



No obstante la distancia y el diluvio, y las dificultades insalvables, y el honor y la maldición, ella se permite la aventura de vivir con nosotros. Sabe que el abismo terminará por recuperar, algún día, su confianza en el hombre.



Tantas memorias excelentes la abruman con el sonido negro de un mal que ya no existe.



La indiferencia de los pantanos es la forma que adopta, para ella, la soledad. Esos lugares impuros, bajo un sol retraído, a los que tiene una misteriosa necesidad de volver, la rechazan siempre con la misma cortesía... Presenciar ese leve combate de la curiosidad contra un infierno que se rehusa, es un espectáculo alucinante. Ella me dispensa a veces esos momentos de terror.



El mundo-monstruo se transforma de pronto en el mundo-doncella, la escritura desesperada en escritura maravillada. Estos cambios la hechizan.



Hierba siempre feliz al pie de los volcanes o en las llanuras sabias donde jura contra su vida el azote de Dios, ella descansa en la parte germinal de la conciencia.



A través de ella se vuelven visibles las heridas del viento. El viento libre que sangra y que la adora.



En las gradas de su palacio impenetrable, un juglar se detiene, un asesino discurre.



Una mirada furtiva podía sorprenderla en una indescriptible actitud de evidencia. Para los seres sensibles al nuevo acontecimiento, la era del escándalo comenzaba, la era de la angustia tocaba a su fin.



Ella desconfía de esos lugares donde el hombre aparece precedido por aclaraciones y citas que le vuelven improbable, esos recintos de la seguridad pública frecuentados por la presión arterial.



En la cueva del alquimista, ella calla, como investida de una miseria admirable que fuera al mismo tiempo su rostro y su secreto.



Mantiene exquisitas relaciones con la lujuria exhumada ante ella. La lluvia de cenizas le produce placer.



A través de ella los relámpagos duran. Hay tiempo para las amistades más sorprendentes.



Sus ojos son respetados por la nada, favorecidos por la prisión. Pero ella aparenta ignorar el sufrimiento que la sostiene.



Su enemistad con los amos proviene de que habla de aquello que realmente le ocurre y no de aquello que, de acuerdo con lo dispuesto, le debiera ocurrir.



En el patio de su silencio, único y feliz se yergue el bello árbol de los destituidos.



Los errores en las tablas del bien y del mal se cargan en su cuenta.



Ella dibuja un rostro sobre un rostro sin fin.



Vive para inventar la razón de su ausencia.



En las épocas de opresión, ella trabaja en la rebelión. En las épocas de la gloria del hombre, en el servicio de la Libertad Subterránea. (*)



Y lo que la vida quiere del poema, ella lo hace.


__________
(*) Estas tareas y el modo de realizarlas los elije arbitrariamente (explicación resumida). Ninguna fuerza que se le atribuya tiene, por otra parte, derecho a considerar sus inasistencias.

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¡Hasta la vista!



Para concluir, anuncio lo que vendrá luego de mí.
Recuerdo haber dicho, cuando mis hojas aún no habían
brotado,
Que elevaría mi voz jocunda y sonora para referirme a
las consumaciones.

Cuando América haya cumplido con lo prometido,
Cuando caminen por estos Estados cien millones de
personas espléndidas,
Cuando el resto abra paso a las personas espléndidas y
contribuya a ellas,
Cuando linajes de madres perfectas sean el signo de
América,
Yo y los míos habremos alcanzado nuestra debida fructificación.

Me abrí paso por mí mismo,
Canté al cuerpo y el alma, a la guerra y la paz, entoné
las canciones de la vida y la muerte,
Y las canciones del nacimiento, y mostré que hay
muchos nacimientos.

Propuse mi propio estilo a todos, con paso confiado
recorrí mi trayecto;
En pleno goce aún, musito, ¡Hasta la vista!,
Y tomo por última vez entre las mías la mano de la
mujer y el hombre jóvenes.

Anuncio el surgimiento de personas carentes de artificio,
Anuncio el triunfo de la justicia,
Anuncio la libertad e igualdad sin concesiones,
Anuncio que el candor será justificado y que el orgullo
será justificado.

Anuncio que la identidad de estos Estados será una
sola identidad,
Anuncio que la Unión será cada vez más compacta,
indisoluble,
Anuncio majestades y esplendores que volverán
insignificante toda la política anterior del mundo.

Anuncio la adhesividad, digo que será ilimitada y no
conocerá ataduras,
Digo que tu habrás de encontrar el amigo que buscas.

Anuncio la llegada de un hombre o de una mujer, tal vez
lo seas tú (¡Hasta la vista!),
Anuncio al gran individuo, fluido como la Naturaleza,
casto, afectuoso, compasivo, bien pertrechado.

Anuncio una vida pródiga, vehemente, espiritual, osada,
Anuncio un fin que enfrentará despreocupado y alegre
su traslación.

Anuncio millones de jóvenes con dulzura en la sangre,
gigantescos y hermosos,
Anuncio una raza de salvajes y espléndidos ancianos.

............................................

¿Hay algo más, que me demoro y me detengo y me
arrastro tendido con la boca abierta?
¿Hay una palabra final de despedida?

Mis cantos cesan, yo los abandono,
Por detrás de la pantalla que me ocultaba aparezco en
persona y avanzo hacia ti.

Camarada, esto no es un libro,
Quien esto toca, toca a un hombre.

Walt Whitman



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ENLACES POETICOS

Biblioteca Allen Ginsberg



  

 

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editor: MIGUEL GRINBERG

 

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