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LAS COSAS NUNCA SALEN COMO UNO QUISIERA

 

La conocí por culpa de mi socio. Fue él quien se fijó primero en ella. Acabábamos de almorzar y yo me había demorado adentro del boliche esperando la cuenta. Salí, y lo vi siguiendo a una chica por la mitad de la cuadra. Ella no le llevaba el apunte, seguro que le decía las mismas bestialidades de siempre, es un animal. Apuré el paso y los alcancé. A mí me gusta decir piropos y la chica estaba muy bien, al menos de atrás. No recuerdo qué fue lo que le dije, algún elogio. A esta altura, lo primero que me despierta una piba de veinte es admiración y se lo digo. No es que ande buscando programa, lo hago de puro vicio, aunque si se da. El caso es que ella me miró y me hizo una sonrisa larga; quiero decir que siguió sonriendo después de verme la calva y la ropa de trabajo manchada de grasa. Me quedé medio cortado por la sorpresa. "Andá que está con vos", dijo mi socio dándome con el puño en los riñones.

Una vez que empecé, me fue fácil. Ella no se hizo rogar para hablarme y cuando la invité a tomar algo dijo que sí enseguida. Nos sentamos a una mesa junto a la ventana. Ella hablaba sin parar y me miraba continuamente a los ojos como preguntándome no sé qué. La mirada no tenía nada que ver con lo que decía. Qué cara tramposa, pensé. Linda. Decía que era raro que yo no la tuviera presente porque ya nos habíamos cruzado antes, ella trabajaba en una tienda a dos cuadras del taller; que se llamaba Adriana y era de Sagitario, muy sensible; que coleccionaba muñecas. Hablaba tanto que me costaba seguirla. Pero lo realmente difícil era sostenerle la mirada. En un momento en que bajé la vista, me vi el anillo de casamiento. Igual ya era tarde, esas cosas a las mujeres no se les escapan, pero Adriana no lo había mencionado. Señal de que no le importa, pensé, y le agarré una mano: lo peor es pasar por lerdo. Ella sonrió aprobadora y empezó a jugar con mis dedos como si lo viniera haciendo desde siempre. Mientras, me contaba que vivía con la madre, que no era compañía para ella porque no se entendían. "¿Y tu papá?", le pregunto. Ahí hizo un silencio y apartó de mí la mirada por primera vez. Miró la calle y descubrió la caravana de un circo que se acercaba. Le agarró un entusiasmo descomunal. El circo desfilaba frente a nosotros y ella me señalaba los payasos y nombraba a los animales. Estuvo eufórica hasta que ya no pudo ver el último carromato ni con la cara pegada al vidrio de la ventana. Después se calmó de a poco y retomó la charla para decirme que tenía mala suerte con los hombres, porque los que se le acercaban eran del tipo de mi socio, y que no salía con nadie. Aquí paró de hablar, como esperándome. Entonces le dije qué lástima, tan linda y solita, y que me gustaría acompañarla un poco. Aceptó. Quedamos en que la iba a ir a buscar a la salida de la tienda cualquier día de esos y se fue porque tenía que volver a trabajar.

Cuando le conté a mi socio, no se alegró nada. Claro, él es joven, mide uno noventa y hace aparatos. Seguro que mucho no me creyó y como después no le volví a hablar de Adriana debió pensar que todo había sido un cuento para hacerlo rabiar. La verdad es que los días se me iban pasando y no me decidía a buscarla. Raro, porque ganas tenía; creo que en el fondo presentía algo.

No habría pasado una semana de la charla en el café, cuando una tarde que yo estaba en la fosa poniendo un chapón, oigo a mi socio que me llama. Apenas me asomo, le veo la sonrisa medio forzada. Me señala la puerta con la cabeza. Subo y ahí estaba Adriana, con unos pantalones blancos muy justos y un paquetito largo envuelto para regalo. "Qué hacés, vení, pasá", le dije, qué le iba a decir. Ella no se movió: las mujeres sólo entran al taller sobre cuatro ruedas, las que entran de a pie saben que están en territorio enemigo, o sea: buscan guerra. Fui yo caminando hasta la puerta. "¿Qué hace la chica más linda del barrio?", le digo. Ella sacudió el pelo nerviosa, y poniendo cara de reproche y de disculpa al mismo tiempo, me dijo: "Sos un poco mentiroso vos, me cansé de esperarte". Yo empecé medio trabado porque no tenía ninguna excusa pensada: que sí, que iba a ir, pero que había estado tapado de trabajo y no lo podía largar solo a mi socio, que no me había olvidado, cómo iba a olvidarme. Ella estaba cruzada de brazos y con una mano tocaba el piano sobre el pulóver; me miraba muda, con la cabeza ladeada y los labios fruncidos. Al final hizo como que no le importaba. "Te extrañé mucho -dijo-, esto es para vos", y me da el paquetito. Yo no lo quería aceptar pero no me dio tiempo. "¿Vas a ir a buscarme?" dijo. "Sí, claro que voy a ir, no fui por lo que te dije, en serio (la miraba a los ojos para parecer sincero). La pura verdad, te juro". Poco a poco, se le iba aflojando la desconfianza, me di cuenta de que quería creerme. "No veía la hora de verte de nuevo", le dije para rematar. "¿Y cuándo vas a ir?", me pregunta bajito con la voz desafinada, casi con miedo. Yo demoré en contestarle, no podía creer lo que me pasaba, me parecía haber retrocedido veinte años. "Mañana, mañana cuando salgas del trabajo tomamos un café", le digo. Fueron palabras mágicas, se le borró la preocupación de la cara y se puso contenta como antes. "Bárbaro, te espero", me dice; y ya se iba, como para que no pudiera arrepentirme. "Esperá que abro el regalo", le grité. "Te espero mañana", gritó también ella desde lejos.

Me quedé ahí parado con el paquete. "¿Qué será?", dije pensando en voz alta. "Un forro gigante, los enanos tienen fama de superdotados", contestó mi socio. Yo torcí la boca y lo dejé riéndose solo. Me revientan las bromas sobre mi estatura. Era una corbata a rayas, de colores sobrios; se notaba que ella, al elegirla, había pensado en mi edad. Yo no entendía nada. Después, en frío, me parecía que el asunto no podía ser como aparentaba. Demasiado fácil. Ya no puedo creer así nomás en un amor a primera vista: a veces me miro al espejo. Ni de galán maduro puedo dármelas.

Al otro día, en el café, llevábamos un buen rato de charla y yo no había encontrado la oportunidad para ponerla a prueba. De nuevo no podía meter ninguna cuña en la conversación. Ella me venía contando su vida desde el principio, como para que yo supiera hasta el último detalle. De golpe noté que se había saltado una parte. Sin explicarme nada había dicho: "Cuando quedamos solas, entré a trabajar en la tienda, de algo teníamos que vivir. Pero necesito otra cosa: la plata apenas si nos alcanza para comer". "¡Y me regalaste una corbata!", le digo. Ella sonrió orgullosa. "Justamente yo también quería hacerte un regalo - le dije- pero no sé qué comprar". Saqué un billete de cien. "Tomá, comprate lo que quieras". Se puso triste. "Si querés regalarme algo, comprame un chocolate grande", contestó. Yo respiré aliviado. Cuando salimos, le compré un chocolate enorme, y antes de que subiéramos al coche ya se lo estaba comiendo.

Estacioné por ahí cerca, en un lugar tranquilo. Paré el motor y la miré fijo, como dispuesto a ir al grano. Ella pareció sorprenderse y dejó de masticar, fue un segundo nomás. Después siguió comiendo, se hacía la distraída. Todavía le quedaba la mitad del chocolate, y para apurar la cosa, le pedí que me convidara. Me dio un pedacito que ni se veía. "Qué generosa", le dije. Ella levantó los hombros. No sé si me parecía a mí o el chocolate ese no se terminaba nunca. Al fin lo terminó y se inclinó sobre mi pecho. Mientras sólo le acariciaba el pelo y le hacía cosquillas detrás de la oreja anduvimos bien. Se quedaba quietita como una gata mimosa. Pero no bien intenté bajar la mano me dijo: "No, seguí así que me gusta". Qué sé yo cuánto tiempo me tuvo con lo mismo, ya estaba aburriéndome. Medio me enojé, hacía mucho que no me quedaba con las ganas. Entonces me dejó besarla, pero con un quite de colaboración total. Eso me molestó, puse en marcha el auto y la llevé a la casa. En el camino apenas si le contestaba lo que decía. Me rompía la cabeza pensando: si ella sabe que soy casado, ¿a qué tantas vueltas?, no iba a pretender que le hiciera el novio. ¿Pero quién entiende a las mujeres?, hacen cosas inexplicables y al tiempo uno se da cuenta de que lo llevaron de aquí para allá como un gallito ciego para llegar a donde era más fácil ir derecho.

Había quedado bien calentito y se lo comenté a mi socio. "Estará loca, qué sé yo - dice -, si no es para sacarte plata debe estar loca". "¿Qué querés decir?", le dije. "Bueno, no sé, se habrá enamorado", contestó con cara de sobrador. Sigue con la sangre en el ojo, que se vaya al diablo, pensé. Y me puse a trabajar para no seguir hablando. Estuve toda la tarde que no me aguantaba ni a mí mismo. Cuando estábamos ordenando el taller para irnos caí en la cuenta de que había entregado un coche sin el filtro de aire; y él, al ver el filtro en mi mano, sonrió burlón e hizo sonar un beso largo con ademanes. Preferí no hacerle caso, porque si no, se armaba. Para peor, a la noche, anduve dando vueltas por la casa como enjaulado y mi mujer empezó a mirarme torcido. Ella me había agarrado en un renuncio hacía dos años y ahora olía el peligro como un escape de gas en la cocina. La diferencia era que esta vez no me importaba. Cuando vino a acostarse me hice el dormido. Estaba preocupado: a mi mujer la quería y nunca había tenido problemas con mi socio. Me daba cuenta de cuánto se podía complicar mi vida por culpa de Adriana. Decidí que cuando la volviera a ver, tenía que quedar todo muy claro o terminar. Pero la vez siguiente fue lo mismo, mantuvo la defensa en alto todo el tiempo. Hablaba de las discusiones que tenía en el trabajo o con la madre y se quedaba esperando mi opinión. ¿Esta mina me querrá para que le dé consejos?, pensaba yo. Entonces le dije: "Mirá Adriana, yo soy un hombre casado y no tengo ningún problema con mi mujer, ¿me entendés?, NINGUN PROBLEMA. Tengo tres hijos, la mayor tiene tu edad, y la familia es lo más importante para mí. Me gustás mucho, podemos pasar buenos ratos juntos, todo lo que vos quieras. Pero ahí se terminó, ¿entendiste? No quiero que te equivoques".

No entendió. "¿Y cómo es ella?", preguntó. "¿Mi mujer?", le digo. "No, tu hija, la de mi edad". Yo me quedé cortado. "Qué sé yo, soy el padre: es bonita..., una chica sin complicaciones, alegre", le dije. Ella no preguntó más, me miraba como de lejos. "Vamos, qué pasa -le digo-, si no hay ningún drama, podemos divertirnos". Negó con la cabeza. "Vamos", le dije de nuevo, y ella volvió a negarse. Se estaba poniendo pesada. Perdido por perdido me arriesgué: "No demos más vueltas. Vamos a un buen hotel, ¿eh?". Primero pensé que no había escuchado, después soltó un no tan cortito y débil que apenas pude oírlo. Y no hablamos más, por un rato cada cual estuvo en lo suyo. Me costó, pero al final lo decidí. "Está bien - le dije -, vos elegís...Y otra cosa: no vuelvas a aparecerte por el taller, esto se terminó". Ella siguió callada. Se había puesto pálida. Me besó como a un amigo y bajó del auto. Qué le voy a hacer, pensé, si hubiera aceptado habría sido como tocar el cielo con las manos, pero así no podíamos seguir. Había hecho bien: me la había sacado de encima a tiempo. Al menos eso creí y me sentí aliviado.

Serían las diez de la mañana del día siguiente cuando apareció por el taller, feliz y desenvuelta, hablando mucho de todo menos de la tarde anterior; parecía haberla borrado. Pensé que era su forma de perdonarme, así que le seguí el juego. Traía una camisa de regalo y me preguntó si iba a ir a buscarla a la tarde. Le dije que no podía y que se llevara la camisa. Pero no pude convencerla. A los tres días volvió; me contó mi socio porque yo no estaba. Y a la mañana siguiente, como me avisaron, me escondí antes de que me viera; igual me dejó un cinto. Yo no quería saber nada, me agarraba la cabeza. Si iba a la tienda a devolverle las cosas seguro que se ponía a discutir y hacíamos un papelón. Mandárselas con otro era inútil porque no las iba a recibir. Y si me las quedaba: ¿cómo la explicaba a mi mujer que había comprado todo eso?. La única solución era guardarlas en el taller para ir sacándolas de a poco; pero no quise, hubiera sido como aprovecharme de ella. En algún momento se va a cansar, pensaba yo cada vez que, desde mi escondite, veía que asimilaba el no está sin pestañear siquiera, casi indiferente. Y, sin embargo, volvía. Me hacía sentir un cretino.

Ante mi socio, yo aparentaba tomármela en broma. "¿Viste cómo me quieren las chicas? ¿a que a vos no te hacen regalos como estos?", le decía. "A mí las minas me dan cosas mejores", gruñía él; y todo terminaba ahí. Hasta que ayer, después que ella se fue, de comedido nomás, se puso a opinar. "Lo que quiere esa mina es un macho que la atropelle - dice -. Estate atento cuando vuelva que te voy a enseñar cómo se hace. Vas a ver que le hago cambiar las pilchas por otras para hombre". Yo me enfurecí. Le dije que si le ponía un dedo encima a Adriana le reventaba la cabeza de un fierrazo y que, desde ya, fuera pensando en poner un taller por su cuenta. "Pará, loco - dijo -, no sabía que estabas de novio". No le contesté. En el momento, él tampoco agregó nada, pero un poco después me dijo: "Si hablás en serio, sabé que a lo de ponerme por mi cuenta le vengo dando vueltas desde que estás en la luna". Quedé aturdido, sin saber qué decir, no imaginaba que podía llegar tan lejos. Era cierto, yo había estado muy distraído; si no habíamos tenido problemas con los clientes había sido porque él vigilaba mi trabajo. En todo ese día apenas si nos hablamos, yo tragándome la humillación, y él agrandado por lo dicho. A eso de las cinco me cambié, tiré todos los regalos en el asiento de atrás del coche, y fui a esperar a Adriana a la salida de la tienda.

Cuando me vio se le iluminó la cara y subió al auto enseguida. No la dejé besarme. "Te había dicho que no fueras al taller - le digo -. A ver si nos entendemos: NO QUIERO SABER MAS NADA. Borrate para siempre, ¿entendés?, bien clarito: PARA SIEMPRE. Yo no le hago el novio a nadie, ni a vos ni a nadie. Y, oíme bien, ahora voy a llevarte a tu casa, y te vas a guardar tus regalos. De todo esto no quiero conservar ni el recuerdo". Se lo dije de un tirón, quería ser como una aplanadora, matarla, que no le quedara aire para contestarme. Pero no. "En mi casa no bajo", dijo ella, y se puso a jugar con los dedos en mi pelo, en plena avenida, a la vista de todos. Arranqué y desaparecí de ahí, subí a la Panamericana. Para hacerme reír, me hacía cosquillas en la nuca, que la tengo sensible pero, como yo no aflojaba, me desabrochó la camisa y empezó a acariciarme el pecho. Decía que yo tenía razón, que se había portado como una tonta y que ahora iba a ser una nena obediente. Yo manejaba serio, mirando fijo la ruta, como si no la oyera. Ella bajaba la mano cada vez más. "¿Adónde vamos?", me dice pasando suavecito un dedo sobre mi piel, al borde del cinturón. "Qué sé yo, para el lado de Córdoba, te bajo en Chañar Ladeado o por ahí, después volvete como puedas", le dije medio atragantado y temblándome la voz. Ella sonrió. Bah, sí, me juego, pensé, la llevo a un hotel. Pegué un volantazo y bajé de la autopista. Ella, sorprendida, sacó la mano y miró alrededor. Cuando, en vez de retomar la ruta para volver, seguí por la callecita lateral, se enderezó muy seria en el asiento: teníamos el hotel enfrente. Yo seguí adelante sin mirarla, tan mudo como ella; que notara que estaba decidido.

No bien entramos en la habitación empecé a desvestirme. Ella seguía sin abrir la boca, mirándome, parada cerca de la puerta. "¿Y?", le digo. No contestó. Me sentí incómodo: es difícil desnudarse frente a una mujer vestida que lo mira a uno. "¿Qué pasa ahora?", le pregunté recelando la respuesta. "No quiero", dijo. Zas, empezamos de nuevo, pensé; y dejé caer los brazos como quien está en el colmo del cansancio. "No quiero", volvió a decir casi rogándome. Yo vi que era inútil y me puse de mal humor. "Bueno, se acabó, vámonos", le dije muy seco. Ella habrá notado que esta vez iba en serio o esperaría otra reacción, porque dudó. Pero enseguida le brillaron los ojos de entusiasmo: "Mejor nos quedamos un ratito", dijo. Tan perplejo me habrá visto que lo repitió: "sí, un ratito". El malhumor se esfumó al instante y me acosté. Ella se sacó los zapatos y se acurrucó contra mí, me abrazó. Yo no podía creerlo, me sentía en las nubes. Empecé a acariciarla. "Quedate quieto", dijo. "¿Y ahora qué hice?", le contesté alarmado. "Nada, contame algo", me pidió como lo más normal. Me confundió del todo y abandoné: ya no me quedaba resto. "¡Y qué querés que te cuente!", le dije resignado. Pensó un momento. "Algo que empiece con había una vez". A mí me salió como si hubiera sabido que iba a pedirme eso: "Había una vez un tipo que estaba de lo más bien porque no esperaba nada- empecé-. Hasta que un día le hicieron una sonrisa larga y, el muy boludo, creyó que podía recuperar el pelo y la temperatura de veinte años atrás". Hablaba sin mirarla. No me importaba si me escuchaba o no. Tardé en darme cuenta de que se había dormido. Entonces me levanté despacio y empecé a vestirme. Estaba amargado, me iba a ir, que la despertara el timbre. Cuando estuve listo, la miré. Dormía profundamente como una nena de dos años: entregada, con la frente lisa y los labios flojos. Sólo los chicos se animan a dormirse a fondo, saben que uno está allí cuidándolos y creen que puede contra todo, desde el dolor de oídos hasta las brujas. Me quedé, no sé cuánto, sentado en el borde de la cama. Se despertó de a poco. Primero entreabrió los ojos y me sonrió, después los volvió a cerrar. Luego estiró las piernas. "Vamos, apurate -le dije-, se termina el turno". Pero no podía apurarse. Todavía en el auto seguía amodorrada. Recién se despertó del todo cuando paré en un quiosco a comprar cigarrillos. Entonces me miró vivaracha, con esos ojos enormes que tiene. Qué le voy a hacer, pensé, las cosas nunca salen como uno quisiera. Y pedí un atado de rubios y un chocolate grande.

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