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Dos veces bueno 2

Prólogo

Rodeado de formas literarias más estudiadas y mejor definidas como el poema narrativo, el cuento breve y el aforismo, el cuento brevísimo* se afinca cada vez más en un territorio que le pertenece (1). Paradojalmente, junto a esta afirmación persiste su resistencia a dejarse definir. Si ha resultado infructuoso describirlo mediante la exasperación de las reglas del cuento breve, tampoco lo iluminan mucho las ingeniosas pirotecnias de quienes, consultados por los antólogos de Ficción Súbita (2), han opinado sobre él. "Son evocativos de la definición de Prost de poema: una estructura de palabras que se consume al desplegarse, como el hielo derritiéndose sobre una cocina" (Joyce Carol Oates); "Lo que se sacrifica es el tiempo, que se convierte en el antagonista del escritor" (H. E. Francis); "...pueden ser cualquier cosa, siempre que sean breves y tengan un impacto que sea duradero y significativo" (Steven Heller). Todos estas frases aluden a algún aspecto más o menos cierto del microcuento. Pero es la opinión de Paul Theroux: "En la mayoría de los casos contiene una novela", la que me parece el mejor punto de partida para caracterizarlo. Creo que es una verdad a medias. Debería decirse "...contiene muchas novelas".

El micro cuento es un texto narrativo de extrema brevedad que suele presentarse como condensación fáctica, sucesión de unos pocos hechos explícitos expresados de modo que indican, presuponen o sugieren otros hechos intermedios que necesariamente también han ocurrido pero cuyo desarrollo se deja librado a la imaginación del lector (aunque el texto la induzca con frecuencia en determinado sentido). Estos cuentos brevísimos contienen por eso, más blanco que letra, la menor cantidad posible de letra y, en consecuencia, resultan irreductibles. Es mediante la representación de los hechos sugeridos y sus circunstancias que se podría imaginar una novela en la que básicamente sucediera lo mismo que en un cuento brevísimo. Como es altamente improbable que dos personas imaginen las mismas cosas, cada lectura podría generar una "novela" diferente, buena o mala, sutil u obvia, según el poder de sugerencia del texto y la sensibilidad y sutileza de quien lo lee. Inversamente, la probabilidad de que una novela resumida a su mínima expresión dé por resultado un cuento brevísimo es tan ínfima que roza la imposibilidad. El microcuento difiere del resumen como la hermosa imagen esculpida difiere de la piedra que le dio origen. Mucho más importante que lo que se dice en él, es cómo se sugiere aquello que no se dice, cómo se provoca la imaginación del lector en determinado sentido, cómo se logra que el texto fluya sin sobresaltos y que la última palabra lo clausure produciendo esa impresión de suficiencia narrativa característica de los mejores ejemplos del género. En otras palabras, si la curiosidad llevara a alguien a experimentar la fabricación de cuentos brevísimos a partir de novelas, debería tener el talento de encontrar no tanto los hechos más significativos sino, entre ellos, los que tienen mayor poder de sugerir lo que no se cuenta; luego hallar las palabras que expresen del modo más conciso y natural esos hechos y lo que sugieren y, después, lograr que cristalicen en un final estéticamente satisfactorio, lo que mucho tendrá que ver con la cuestión del sonido y del ritmo que, en un texto tan breve, tiene la misma importancia que en el poema.

De lo dicho se desprende que la brevedad característica del cuento brevísimo es, en realidad, una cualidad subalterna de otra más importante: la concisión. No se trata de apretar la historia para que quepa en diez líneas, se trata de ajustar la expresión para contar la historia en la menor cantidad de líneas posible. Para ello se aplicará un criterio de necesidad y precisión a cada palabra. Un cuento brevísimo se reconoce por la concisión. Del mismo modo que un buen comienzo de novela predispone al lector a sumergirse en una historia que lo acompañará durante días, la primera línea de un buen microcuento lo pone en la actitud de quien ha liberado un mecanismo perfecto que inexorablemente terminará golpeándolo antes de que pueda defenderse. Hay microcuentos de cinco líneas que están "alargados", y otros de una página que son irreductibles. La extensión dependerá de lo que se quiere contar. Algunos materiales narrativos, incluso, no pueden tomar la forma de cuento brevísimo. Son aquellos que, como la descripción de psicologías complejas, exigen un desarrollo minucioso, y con frecuencia, más de una situación narrativa. Lo que sucede es que el autor de microcuentos tiene ideas de microcuentos, como al novelista se le ocurren ideas de novela. Existe consenso en Latinoamérica, en fijar en una página la longitud máxima de un microcuento; textos más largos son, en general, cuentos breves. Esta frontera merece una aclaración porque, a su manera, el cuento breve es tan conciso e irreductible como el brevísimo. Sin embargo, una lectura atenta de ambos revela que no es sólo la complejidad del material narrativo lo que determina sus longitudes, hay una diferencia fundamental de tratamiento. Un microcuento no toleraría las observaciones imprescindibles para crear el clima de un cuento, ni un cuento toleraría la escritura casi telegráfica de los microcuentos. Ambos son concisos, pero de distinto modo, porque persiguen efectos estéticos diferentes.

Entre estos microcuentos a los que alude Theroux, totalmente narrativos y con un mundo autónomo, están algunos de los mejores que se han producido hasta hoy.

Pero hay una enorme cantidad de cuentos brevísimos a los que la afirmación de Theroux incluye lateralmente. Son aquellos que, en sentido estricto, no contienen una "novela", pero que la presuponen. Se sirven siempre de un marco referencial que autor y lector comparten. El recurso ahorra muchas líneas: ningún escritor siente el deber de informar sobre la historia de Adán y Eva, ni la de Ulises, ni las aventuras de Don Quijote; forman parte del patrimonio cultural común. Eso explicaría por qué abundan tanto en el microcuento las recreaciones de historias bíblicas y mitológicas, así como los juegos intertextuales con obras famosas de la literatura, incluso del cine. Borges, Monterroso, Arreola, Elizondo, Denevi, entre los más destacados, han escrito cuentos de este tipo. Cuanto menos universal es la referencia tanto más reducido es el conjunto de lectores que pueden acceder a ellos. Esto no debe computarse como un defecto. En realidad, todo cuento supone un marco cultural. Un lector del siglo XIX no comprendería Épica del supermercado de Jiménez Emán y otro actual, pero ignorante de los avatares históricos en esta parte del mundo, no accedería totalmente a 1976, Pájaros prohibidos de E. Galeano; el segundo cuento de Tomás Rivera en este libro es comprendido de inmediato por un chicano pero no por un lector que desconozca los problemas de discriminación y pobreza de ese pueblo.

Están por último, los microcuentos que la aserción de Theroux no contempla en absoluto. Son aquellos que no contienen una novela, sea porque se asimilan mejor a formas no novelísticas (la noticia, el caso, la fábula, etc.) o porque lo narrativo ha perdido predominio en beneficio de lo poético, la reflexión brillante o la especulación metafísica. Los primeros son microcuentos típicos, y a los segundos se los reconoce como tales cuando tienen su concisión característica, está presente de algún modo lo narrativo y poseen autosuficiencia formal. Entre estos se cuentan casi todos los de Macedonio Fernández.

Aunque es considerado un género mestizo, cuentos brevísimos estrictos serían aquellos en los que domina lo narrativo. Lo que sucede es que la patria del microcuento tiene muchos más vecinos que otras. A la nouvelle solo hay que separarla del cuento y de la novela; al cuento brevísmo de casi todas las formas breves narrativas y no narrativas. Esta antología incluye muchos ejemplos de indiscutible pertenencia al género y otros situados en las interfases (nunca un límite neto) que demarcan su territorio.

La presente selección se limita a microcuentos latinoamericanos con una sola excepción que se justifica al pie de página: Abuso de conciencia, de Jean Tardieu. El género prendió con fuerza en el continente. Los iniciadores en Argentina fueron probablemente J. L. Borges y A. Bioy Casares; en México, Julio Torri; en Venezuela, A. Armas Alfonzo. Pero fue el impacto de la obra del guatemalteco A. Monterroso lo que atrajo la atención sobre este tipo de narración mínima y aceleró su desarrollo. La mítica revista mexicana El Cuento lo difunde desde hace más de cincuenta años y estimula su creación mediante un concurso permanente. En nuestro país, Puro Cuento, dirigida por Mempo Giardinelli hizo lo propio entre 1986 y 1992. Otras revistas como El molino de pimienta, Diario de poesía, Maniático Textual y los suplementos culturales de los principales diarios han publicado microcuentos esporádicamente. Algunos de los que aquí figuran fueron tomados de esas publicaciones.

En el prólogo de Dos veces bueno (Ed. Desde la Gente, 1996) afirmé la existencia de una cofradía de la imaginación y del ingenio que es la del cuento brevísimo. Eso provocó que, con bastante humor, algunos autores y teóricos extranjeros a quienes me dirigí se presentaran como cofrades. Lo bueno es que se comportaron realmente como cofrades y en parte gracias a ellos este libro reúne casi ochenta autores de toda Latinoamérica. También debido a su generosidad puedo ahora suministrar, como lo hago en página aparte, la última bibliografía sobre el género. Aquel prólogo concluía asegurando que la cofradía del cuento brevísimo no ha cesado, no cesa, de reclutar nuevos cómplices y que esa era la finalidad del libro. Este concluye con la satisfacción de estar cumpliéndola y la reafirmación del propósito.


BIBLIOGRAFIA SOBRE EL CUENTO BREVÍSIMO

ANTOLOGÍAS:
Cuentos breves y extraordinarios, J. L. Borges y A. Bioy Casares, Losada, Buenos Aires, 1957 (7ma. edición, Losada, Buenos Aires, 1993).
El libro de la imaginación, E Valadés, Fondo de Cultura Económica, México, 1984.
Ficción súbita, R. Shapard y J. Thomas, Anagrama, Barcelona, 1989.
Brevísima relación. Antología del micro-cuento hispanoamericano, J. A. Epple, Mosquito Comunicaciones, Santiago de Chile, 1990.
La mano de la hormiga, A. Fernández Ferrer, Fugaz, Madrid, 1990.
Dos veces bueno, R. Brasca, Desde la Gente, Buenos Aires, 1996.


ARTÍCULOS Y ENSAYOS:
Epple, Juan A. Brevísima relación sobre el mini-cuento en Hispanoamérica, Puro cuento 10, Buenos Aires, (1988): 31-33
Miranda, Julio. El cuento breve en Venezuela, Cuadernos Hispanoamericanos 555, (1996): 85-94.
Koch, Dolores. El micro-relato en México: Julio Torri, Arreola, Monterroso y Avilés Fabila, Hispamérica 30 (1981): 123-130. Repr. en De la crónica a la nueva narrativa. México: Oasis, 1986: 161-177
Rojo, Violeta. Breve manual para reconocer microcuentos, Equinoccio, Ediciones de la Universidad Simón Bolivar, Venezuela, 1996.
Valadés, Edmundo. Ronda por el cuento brevísimo,Puro cuento, 21 (1990):28-30.
Varios autores. Revista Interamericana de Bibliografía, XLVI, 1-2, 1996. Número dedicado al cuento brevísimo. Introducción de J. A. Epple.
Varios autores. Las Introducciones a las antologías mencionadas.


NOTAS:
1 Para una introducción general y una discusión acerca de los límites y de la zona de la narrativa donde el cuento brevísimo ejerce su soberanía, ver el prólogo de Dos veces bueno (Ed, Desde la Gente, 1996)
2 Ficción súbita, Relatos ultracortos norteamericanos, Robert Shapard y James Thomas, Anagrama, Barcelona, 1989.

* NOTA ACTUAL: La expresión "cuento brevísimo" y el término "microcuento" se usan aquí indistintamente en lugar de "minificción" que es la denominación que se ha impuesto últimamente.

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