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Dos veces bueno

Prólogo

Aunque es cada vez más difundido y respetado, se ha escrito poco acerca del cuento brevísimo*. Sus orígenes son muy remotos, pero lo cierto es que ha condensado como forma narrativa en este siglo y que arraigó con fuerza en América Latina.

No voy a intentar definirlo; prefiero proceder de manera inversa: reunir los textos llamados corrientemente cuentos brevísimos con las restricciones mínimas de homogeneidad. Las más evidentes se desprenden de su nombre: el carácter narrativo y la brevedad. El dinosaurio, de Augusto Monterroso, considerado el cuento más breve de la lengua castellana, es un ejemplo de ambas cosas: reúne todos los elementos de la narración en una sola línea:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

El momento de la acción (cuando despertó) tiene un antes, un lugar (allí) y un personaje (él) a quien le sucedió lo que se cuenta.

Se consideran brevísimos, cuentos que no pasan de una página a doble espacio, aunque, como veremos después, la longitud es insuficiente para caracterizarlo.

Los adjetivos instantáneo, repentino, súbito, rápido, que también se aplican a estos cuentos, denotan de manera imprecisa otra de sus cualidades. No es que se narre el "instante" lo que, ya sabemos, puede llevar muchas páginas. Se trata, más bien, de una instantaneidad del efecto, una potencia que se hace sentir de inmediato, algo que actúa sin dar tiempo a que se advierta el proceso previo. Es rapidez pero no apresuramiento; hay cuentos brevísmos morosos en desarrollar su anécdota, los hay de respiración muy pausada y, sin embargo, golpean siempre antes de que el lector tenga tiempo de levantar la guardia. En esto consiste su mayor singularidad. No son resúmenes apretado de novelas o de cuentos largos; quien alguna vez se haya propuesto escribirlos, habrá advertido que una idea de cuento brevísimo es tan específica como una idea de novela.

Esta especificidad reclama para él un espacio dentro de la literatura y límites de demarcación posible con otras formas literarias. Este espacio, dijimos, pertenece a la narrativa.

Me proponto, en lo que sigue, dibujar un mapa aproximado del cuento brevísimo, trazando sus fronteras con territorios vecinos. La pérdida del carácter narrativo determinará la primera de ellas. Ficciones breves en las que falten elementos de la narración se alejarán del cuento brevísimo porque perderán particularidad, y al disolverse en lo general, dejarán de contar. Resulta difícil imaginar un texto que cuente algo más general que el siguiente de Macedonio Fernández:

Morimos, se dice. No; es que el mundo dura poco.

Lo que se cuenta es cómo sucede "la realidad", a quien le sucede es a "nosotros" (es decir, a todos), y el tiempo en que sucede (¿redefinido?) es la duración del mundo (de la vida). Creo que este texto se encuentra sobre el límite que buscamos. Más allá estarán los aforismos, las frases ingeniosas, las sentencias morales.

Una segunda frontera será la que lo separa del poema narrativo. Allí el efecto del texto será predominantemente poético o cuentístico sin que se pueda determinar con seguridad uno u otro predominio. Algunos textos como Alegría de A. Pizarnik:

Algo caía en el silencio. Un sonido de mi cuerpo. Mi última palabra fue yo pero me refería al alba luminosa

y Pleamar de O. Girondo:

Nada ansío de nada,
mientras dura el instante de eternidad que es todo,
cuando no quiero nada.

se ubican sobre este límite que deja a un lado el cuento brevísimo y, al otro, el poema.

En el campo del relato, la separación se produce cuande aparecen en el texto elementos propios de formas más extensas: más de una situación narrativa, apuntes o detalles que lo distienden relajando la estructura. Esto puede suceder aun en textos muy breves. Inversamente, hay cuentos que superan la página y que por su estructura, mecanismo y tipo de resolución entran con relativa comodidad dentro del género. La plaza de F. Hernández, es un ejemplo.

Tembien el cuento popular y el chiste lindan con el cuento brevísimo. En estos dos casos el efecto está dado, en general, por un juego de dobles sentidos. Esto no implica que no haya cuentos populares que reúnan méritos literarios y tampoco que deba descalificarse un cuento brevísimo por jugar con los sentidos de las palabras, siempre que no se agote en ese juego. En el excelente texto que cierra este libro, La fe y las montañas, Monterroso usa ese recurso como pie necesario para tramar una anécdota notable.

Aunque es posible que haya otras formas limítrofes menos importantes, el espacio del cuento brevísimo ha quedado delimitado. Sin embargo, la línea limítrofe resulta borrosa en todo su recorrido. Por eso, en beneficio de la amplitud, no temí incluir en esta antología dos o tres textos de discutible pertenencia pero que me gustan mucho. Es probable en estos casos, que el lector pueda recortar un cuento brevísimo dentro de otro mayor o que juzgue que alguno alguno pertenece más a la reflexión metafísica que a la narrativa. Pero fuera de esas excepciones hallará que los textos están próximos al centro geométrico de la zona delimitada, a lo que debiera ser el cuento brevísimo por definición. Encontrará estructuras rígidas, en el sentido en que lo son las de un soneto de Petrarca y una fuga de Bach. Y podrá ver con cuánta frescura, naturalidad y eficacia logran moverse en ellas los buenos autores de ficción brevísima. Comprobará que le resultaría imposible quitar una palabra o agregar otra sin perjudicar al texto. Advertirá el rigor con que el cuento crea y se ajusta a su propia lógica y con qué economía de palabras consigue el clima. Asistirá por fin a la magia de la última línea, cuando el sentido estalla y se muestra con evidencia. El cuento Diálogo sobre un diálogo, de Jorge Luis Borges, es buen ejemplo de estas cualidades:

A.-Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente La Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.
Z (burlón). -Pero sospecho que al final no se resolvieron.
A (ya en plena mística). -Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

Un inventario del cuento brevísimo mostraría una abrumadora mayoría de textos fantásticos y una marcada tendencia al humor. Sin embargo, eso no es excluyente. Los hay también realistas. La restricción en este caso, es que a causa de la brevedad habrá un predominio de la historia sobre el personaje o, por lo menos, sobre la psicología del personaje, lo que no impide que haya cuentos brevísimos que cuentan estados de ánimo muy particulares (Rancho de prisioneros de A. Reyes, ¡Alfredo! de A. Machado). Hay también cuentos en los que predomina la elaboración del lenguaje (Cortísimo metraje de J. Cortázar y muchos de I. Blaisten), y otros que encuentran resolución en el absurdo, como Artificios del mercado de M. Fernández.

En cuanto a los temas, abundan la duplicación especular, las múltiples variantes soñante-soñado, la reelaboración de mitos clásicos, las relaciones intertextuales con libros famosos y las grandes preguntas metafísicas, de lo que es ejemplo sobresaliente Argumentum ornithologicum de J. L. Borges:

Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible; ergo, Dios existe.

Hacer una antología supone de algún modo elegir lo mejor aunque, en última instancia, y a pesar de los esfuerzos del antólogo, lo que resulte sea una radiografía de sus preferencias. En este caso, el critero fue seleccionar, entre lo que consideré mejor, la mayor variedad posible de tipos de cuento brevísimo, de temas, de países de procedencia y, a la vez, lo más representativo de cada generación. Ese criterio y las limitaciones de espacio me obligaron a omisiones notorias: A. Bioy Casares, Edmundo Valadés, Eliseo Diego, R. Avilés Fabila, R. Modern y J. J. Bajarlía entre otros.

El desarrollo constante del cuento brevísimo, el número creciente de autores que lo cultivan, la convergencia hacia un rigor formal cada vez mayor, son muestra de su vitalidad y lo colocan hoy en el rango de género autónomo, a la par de los géneros tradicionalmente más prestigiosos de la literatura.

Hay una cofradía de la imaginación y el ingenio que es la del cuento brevísimo. Allí, Borges dialoga con Macedonio, el salvadoreño Menén Desleal con Borges, Mario Benedetti con Monterroso. Los buenos lectores se incorporan al diálogo con la singularidad de sus lecturas. Esta cofradía no ha cesado, no cesa, de reclutar nuevos cómplices. Eso, precisamente, intenta este libro.

* NOTA ACTUAL: La expresión "cuento brevísimo" y el término "microcuento" se usan aquí indistintamente en lugar de "microrrelato" que es la denominación que se ha impuesto últimamente para las ficciones brevísimas (microficciones) de carácter narrativo.

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