cabedom1.JPG (3416 bytes)

entrevista.JPG (3214 bytes)


Raúl Brasca, en busca del microcuento

Raúl Brasca, el hombre de Dos veces bueno

POR EVA GERACE

Estoy con Raúl Brasca en su estudio, una pequeña habitación en planta alta, con las cuatro paredes forradas de libros, un pequeño escritorio, la computadora, dos sillas y un diván sobre el que descansa, tan imperturbable como la primera vez que estuve aquí, su gato. Raúl vive en Buenos Aires, es autor de cuentos y compilador de varias antologías. Se ha especializado en el microcuento y no nos vemos desde que publicó "Dos veces bueno", una colección de cuentos brevísimos latinoamericanos.

—Cuéntame un poco qué has hecho desde Dos veces bueno

—Lo primero ha sido profundizar mi exploración del microcuento latinoamericano. Recordarás mi casi universal ignorancia acerca del desarrollo del género en Colombia. Bien, ahora puedo decirte que he dado con los fundadores de la revista colombiana Ekuóreo, pionera del cuento brevísimo en América. Uno de ellos, Guillermo Bustamante, estuvo hace poco en Buenos Aires y compartimos un almuerzo. Con el otro, Harold Kremer, nos comunicamos por correo electrónico. Ellos son autores de una espléndida antología del microcuento colombiano que editó la Universidad del Valle en 1994. También estoy en contacto con Nana Rodríguez Romero, poeta y profesora universitaria quien escribió muchas minificciones y ha teorizado sobre esta breve forma narrativa. Nana vive en Tunja, y es autora de Elementos para una teoría del minicuento (Colibrí ediciones, 1996). Todo esto fue posible gracias al notable poder de internet para acercar a las personas y al crecimiento del género que te vaticiné cuando me hiciste la otra nota. No es casual que la primera revista electrónica en español de estudios sobre el cuento, "El cuento en red" (www.cuentoenred.org) haya dedicado sus dos primeros números al microcuento. Inclusive hubo un Congreso sobre minificción en 1998. Se realizó en México D. F., en el campus Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana.

 

—Según tengo entendido, tienes otro libro a punto de salir.

—Sí, y debe de ser el más esperado entre los míos. Fue anunciado hace más de un año y se demoró a causa de los trámites de derechos de autor. Fue infernal, son un centenar de autores. Se llama Cirugía menor y es una colección de cuentos brevísimos tomados de la literatura universal del siglo XX. 

En los próximos días tengo que viajar a la ciudad de Bahía Blanca para hablar de esa obra, ahora estoy respondiendo tus preguntas sobre ella...y aún no hay libro.

—No será un libro fantasma.

No, (se ríe). Está en el catálogo de este año de Editorial Sudamericana y ya me lo pagaron. Nos lo pagaron, porque es una obra en colaboración.

—¿Es tu primera obra en colaboración?

—No, en noviembre pasado publiqué en colaboración La hora de todos que reúne textos que muestran qué y cómo pensaba la gente en otros fines de siglo. Algunos ejemplos: a fines del siglo XVI, Montaigne argumentaba que los caníbales del nuevo mundo eran menos bárbaros que algunos europeos; a fines del siglo XVII, Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe, relataba con realismo periodístico una historia que hoy se lee como un perfecto cuento de aparecidos; a fines del XVIII, Malthus anunciaba el apocalipsis demográfico; a fines del XIX, Kipling escribía un cuento que combinaba su deslumbramiento por la telegrafía sin hilos (inventada por Marconi en 1899) y los misterios de la inducción mental.

—¿Te resulta difícil trabajar con otro?

—No. No olvides que tuve una revista literaria, Maniático Textual, de modo que estoy acostumbrado a trabajar en grupo. Por otro lado, con Luis Chitarroni, mi compañero tanto en La hora de todos como en Cirugía menor, nos entendemos muy bien y, puestos a elegir, casi siempre elegimos lo mismo.

—¿Y cuando no coincidieron?

—Las veces que no coincidimos, cada uno expuso sus razones para convencer al otro. Si aún así no hubo acuerdo, uno de nosotros cedió. Pero ambos somos generosos, así que cedimos equitativamente. No fue grave, porque siempre la disputa fue sobre textos de muy alta calidad.

—¿A qué se debe el título Cirugía menor?

—A que muchos de los textos los hemos recortado de obras mayores. Es un trabajo apasionante. Se trata de rastrear, entre todo lo que uno ha leído, fragmentos memorables que tengan suficiencia narrativa, es decir, que se puedan leer fuera de contexto. Buscamos en novelas, cuentos, ensayos y hasta en manuales de instrucciones. Una vez recortado un fragmento, lo titulamos. El resultado muchas veces fue asombroso, porque el recorte y el título resignifican el texto. Los ejemplos que voy a darte de Paul Auster, Alberto Moravia y Tom Stoppard, son recortes.

—Y hay textos que no son recortes...

—Sí. Hay algunos cuentos brevísimos originales, como los de Virgilio Piñera; otros que son en verdad poemas narrativos, como uno de Yeats; hay alguna cita y también microensayos. No hemos querido limitarnos por definiciones genéricas, atentos al carácter proteico del microcuento. Si hemos transgredido sus fronteras (y creo que las hemos transgredido), pienso que eso beneficia la obra. No es un libro académico, no propone una clasificación, no es un relevamiento ni un catastro. 

Es un libro pensado para el goce. Hemos reunido allí los deslumbramientos que tuvimos como lectores, los hemos intercambiado entre nosotros y proponemos compartirlos.

—Parece muy interesante. Nómbrame algunos de los autores incluidos.

—Podríamos agregar a Gabriel García Márquez, Salinger, Borges, Kafka, Cortázar, Musil, Huidobro, Nabokov, Rulfo, Proust, Vallejo, Michaux, Bioy Casares, Joyce, Fayad, Berger y muchos más.

—¿En qué estás trabajando ahora?

—Sigo con mis bibliográficas para La Nación, algunos artículos para revistas literarias y, fundamentalmente, trabajo en mi propio libro de microcuentos. Me propongo terminarlo este año. En verdad, vivo en tensión entre la escritura y la lectura. No podría afirmar que una me apasiona más que la otra.

 




| Cine | Crónica | Cuentos | Entrevista | Libros | Personajes | Dominical |