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El hedonista

 

Cambiemos de tema, ¿qué piensa usted del hedonismo?. ¿No sabe qué es?. No importa, fíjese que yo fui hedonista mucho antes de haber escuchado la palabra. No sé desde cuándo, hace tanto tiempo, son cosas con las que se nace, creo que me desteté a los cuatro años de puro hedonista. Le explico: es la doctrina filosófica que sustenta que hay que darse todos los placeres, sin excepción, qué le parece. No se ría, le estoy hablando en serio. ¿Cómo filosofía del relajo?. Ah, si fuera tan sencillo..., es una posición frente a la existencia. No, tampoco es la última onda, yo no soy ningún snob, ya estuvo de moda entre los griegos del siglo V antes de Cristo. No señor, usted no entiende, no es cómodo, es una actitud de militancia permanente, una opción riesgosa. Ahora, por ejemplo, estoy en crisis por culpa de una chica a la que me acerqué con fines hedónicos. Gloria... No le voy a contar esa relación porque es algo muy íntimo, pero mire desde acá nomás, sin moverse de su asiento: ¿cuántas caras de gozadores ve entre los pasajeros de este tren?. Sobran los dedos de una mano para contarlas. Y por qué, le pregunto yo. Usted lo ha dicho: hay que poder. Y para poder hay que pelear cada instante de goce, es mucho más fácil abandonarse a lo que venga, de ahí lo de militancia. Piense en usted mismo: el poco o mucho placer que ha alcanzado ¿le vino de arriba o se lo tuvo que ganar?. ¿A que está pensando en su iniciación sexual?. No, no es telepatía, es lo primero que se le ocurriría a cualquiera, a todos nos costó. Mire, mi caso es revelador. Por suerte tengo mente analítica y eso me ayudó bastante. Ah sí, yo piso siempre sobre suelo firme, hasta que no estoy bien seguro... La parte técnica me la enseñó un sexólogo que conocí (en mi casa no se hablaba una palabra de sexo). Fíjese qué curioso, este sexólogo era bisexual. A veces pienso si negarse a las relaciones homosexuales no será una limitación para un verdadero hedonista como yo. No, por favor no se vaya, déjeme que le explique, no es lo que usted está pensando. Gracias. Yo rechazo la bisexualidad tanto como usted, pero no por las pautas culturales que la sociedad impone, que son cuestiones de momento. Tampoco por razones morales, no creo que nadie deba sentirse menos hombre por ser bisexual; de hecho, los griegos no lo sentían. El hombre es hombre de todas las mujeres y mujer de todos los hombres. Lo decía Platón que no era ningún mogólico. Lo que le fallaba era la parte filosófica. Sí, a Platón. La justificación estética que ensayó para afirmar eso es tan aplicable a un muchacho como a una estrella de mar o a una yegua pur sang; falta de rigor, se da cuenta. Claro, cómo va a postular la belleza de los muchachos. ¿A usted le parecen hermosos los muchachos?. Está bien, no lo tome así, vayamos a lo que me enseñó el sexólogo: suavidad, mucha suavidad, no babosear a la mujer y el correcto uso de la lengua. Sí, como lo oye. El me dijo: "Tenés que entrenarte. Agarrás un pote de yogur, de ésos de vidrio, le dejás medio centímetro de yogur en el fondo y lo limpiás con la lengua en un minuto; al principio es difícil, pero se puede". Después me mostró la lengua, le sobresalía dos centímetros por debajo del mentón y la movía con la velocidad de una serpiente. Me entreno dos veces por día, confesó lleno de orgullo. Yo no sabía qué decir. Notable, dije embobado de admiración. Por supuesto, seguí sus instrucciones al pie de la letra y al mes de entrenamiento no tenía nada que envidiarle. Completé mi formación con lecturas sobre el tema y un curso de control mental. Actualmente, además, alterno los libros de texto con literatura erótica para acrecentar la fantasía. ¡No, por favor!. Memorias de una princesa rusa, no. Literatura, dije. Histoire de Juliette, Trópico de cáncer, Lolita. En aquella época no lo necesitaba porque mis fantasías se potenciaban con la continencia, el desgaste viene con el uso. En fin, después de esta preparación, busqué una mujer. Elegí a una flaca, bastante feúcha, que era medio frígida. Yo lo sabía porque algunos amigos, todos machos confiables, habían fracasado con ella. Estaba desahuciada. ¿Cómo que no fue una buena elección?. No pudo ser mejor: si yo también fracasaba la culpa iba a ser de ella, y si me iba bien sería un éxito glorioso; el riesgo era nulo. Pero me fue bien, la trastorné con la lengua. Bueno, la verdad es que estoy muy bien dotado, pero lo determinante fue la lengua. ¡Lo que es la técnica!, pensaba yo. Tan agradecida quedó la flaca que me hizo la publicidad entre las amigas, y luego cada una de ellas (me acosté con todas) le pasó el chisme a otras tantas. En poco tiempo la demanda me rebasó y tuve que ponerme selectivo; es decir, me convertí parcialmente al epicureísmo. Había acumulado tanta experiencia que prácticamente ya era el amante excepcional que soy ahora. Con estos antecedentes, ¿cómo comprender lo de Gloria?. Gloria, se acuerda, la chica que le mencioné al principio, la que me empujó hacia la crisis. Por ahí me decido y le cuento algo sobre eso. En fin, aprendí tanto que hoy, sin exagerar, puedo predecir la conducta sexual de una mujer con sólo verla. ¿Ve esa morocha de minifalda negra y blusa roja calada?. Esa, al lado de la viejita de anteojos. ¿La vio?. La pintarrajeada que va colgada del pasamanos. La misma. Bueno, con esa mina no pasa nada, es una histérica, le gusta hacerse desear pero ahí termina la cosa. En cambio, la gordita rubia que tiene una carpeta azul bajo el brazo, hace rato que está fichándolo al pibe aquel que lleva la camisa celeste abierta, arremangada arriba del codo. Y el pibe ya entró -está bien la gordita-, no los pierda de vista, va a ver que él se le arrima de a poco. No, si no es adivinación, pura sapiencia nomás, por eso se me hace más increíble lo de Gloria. Escuche, usted me inspira confianza, le voy a contar cómo la conocí. Fue cuando las inundaciones, en el colegio donde van mis sobrinos. Esas jornadas de solidaridad que la gente usa para desentumecer los buenos sentimientos son ideales, todos se sienten amigos aunque no se hayan visto en la vida, y en la confusión las minas están desatadas. No me iba a perder una oportunidad así. Estaba haciendo la recorrida preliminar de evaluación cuando alguien me puso en los brazos un bulto tan grande que me tapaba la cara, ropa envuelta en una sábana o algo así. "Tené", me dijo y, por la voz, era una mujer. Esperé no más de un par de minutos. Me sentía ridículo ahí parado, tambaleando cada vez que alguno me chocaba. Entonces dije qué hago con esto, pero ella no me contestó. Sin embargo, la oía hablando pavadas con uno y otro. Yo no iba a soportar eso. Puse, como pude, el bulto sobre mi cabeza, ubiqué a la dueña de la voz (que estaba de espaldas) y con tono poco amistoso, muy fuerte, dije: qué diablos hago con esto. Gloria se dio vuelta, me vio y soltó la risa. Se rió mostrándome toda la dentadura, unos dientes tan blancos como el guardapolvo que llevaba puesto. Parecés una lavandera, me dijo. Pero yo no estaba de humor. Me alegro de que no tengas ninguna caries, le contesté. No se imagina la carcajada que lanzó, como para mostrarme que tampoco tenía angina. Me desarmó y empezamos a conversar. Yo no podía prever las consecuencias. Qué le voy a hacer: a lo hecho, pecho. Sí, como le decía, en ese tipo de reuniones hay mucho pique. ¿Quiere que le pase algunas?. Las tengo agendadas. ¿Muchas?. Muchísimas. En esta ciudad, todos: los descastados, los dispépticos, los varicocélicos, los postergados y los prematuros, todos tienen su cruzada anual. ¿No le molesta que fume?. Cada vez que hablo de Gloria me pongo nervioso y me vienen ganas de fumar. ¿Usted qué hace cuando se pone nervioso?. Gloria hundía los dedos en el pelo, se lo empujaba hacia atrás y después sacudía la cabeza. Me gustan las mujeres que se alisan el pelo cuando se ponen nerviosas. El de ella es muy negro y largo. Hermoso. Sí, realmente hermoso. Tendría que conocerla, no sabe lo que es. Cuando terminó el turno y se sacó el guardapolvo casi me caigo de espaldas. Qué físico, viejo. Le digo que era de cine. Con la excusa del cansancio la invité al bar de la esquina. ¿Sabe lo que pidió?. Insólito: un café con leche y tortitas negras. ¡Cómo comía!. Todas se las comió, y con unas ganas... Esta mina sabe gozar, pensé, nos vamos a entender muy bien. Me contó que era maestra en esa escuela y que novio, lo que se dice novio, nunca había tenido. ¿A los diecinueve años?. Debe de ser muy pretensiosa, se me ocurrió. Pero parecía muy a gusto conmigo y no la vi precavida, así que ahí nomás me largué a hablarle del hedonismo. Ella me escuchaba con la boca llena y como si no se diera cuenta de mis intenciones. Recién cuando terminamos -yo de hablar y ella de comer- y después de pasarse la servilleta por los labios, me dijo: sos intelectual vos, ¿no?. ¡Qué te parece!, le contesté. Ella pensó un poco. Que se vive lo mismo pensando menos, me dijo y se levantó para irse. Desde ese sábado hasta el siguiente que la volví a ver, lo pasé tratando de resolver la ambigüedad de la frase. Hay una anfibología ahí, ¿se dio cuenta?. Claro, ¿qué quiso decir con "se vive lo mismo"?. Primera posibilidad: que igual se vive, que por no pensar no se muere nadie. Y, segunda, que las vivencias son las mismas. Fíjese qué importante: la primera implica una actitud peyorativa hacia el pensamiento especulativo, una actitud resignada y conformista frente a la vida. En cambio la segunda, indicaría que ella, pensando menos que yo, se sentía capaz de vivir las mismas cosas en cantidad y calidad. Qué le parece. ¿Cómo que obviamente la primera posibilidad?. No, lo obvio no existe, mi diagnóstico se inclinó por la segunda. ¿Qué tal si nos entregamos a las prácticas hedónicas?, le propuse. Yo lo estoy pasando muy bien, contestó. Me costaba explicarle que eso no era el hedonismo. Hay que optimizar, le decía. Ella me escuchaba, cómo le diría, con un interés moderado. Cuando terminé, se encogió de hombros. Será como vos decís, dijo sin mucha convicción, como quien dice "buen día" o "va a llover". Resumiendo: ese sábado no hice ningún avance. No computo como avance un único beso desprovisto de sensualidad, tipo noviecitos formales. Ahora pienso que lo mejor hubiera sido cortar por lo sano entonces, cuando todavía estaba a tiempo. No, no pude, me intrigaba la conducta y, sobre todo, era mucho el premio para abandonar el juego. Seguí viéndola, y la única diferencia entre cada encuentro y el siguiente era que yo hablaba cada vez menos y ella cada vez más. Un buen día me despabilé: había estado escuchando durante dos horas las dificultades de aprendizaje de Juancito (reflejo, según Gloria, de problemas en la casa), las arbitrariedades de la directora (que era más loca que un trompo) y las alternativas del colesterol del abuelito (a consecuencia de los muchos salamines que hedonísticamente ingería en secreto), con la misma atención que había prestado, años antes, a las enseñanzas del sexólogo. Esta mina me está jodiendo, pensé. Pero ya no podía echarme atrás. No, nada de eso, había una cuestión ideológica. Yo soy admirador de Nietzsche, mi modelo es el "superhombre": puro instinto, vida y voluntad de poder. No me permito la resignación. O metía a Gloria en mi cama o no era el hedonista que creía ser. ¿Usted leyó Also sprach Zarathustra?. ¿No?. Léalo, le va a cambiar la vida. Mire, mire lo que le decía: el muchacho está pegadito atrás de la gordita. Ella pone cara de distraída pero está haciendo control de calidad. ¡Las bondades de viajar a la hora pico!. Vio, nunca me equivoco, aun con Gloria, no sé... En algún momento que no puedo precisar ella empezó a mirarme diferente. Había un propósito de trascendencia en esas miradas largas, una decisión de comunicarme algo, y a mí se me alteraban los nervios cuando se ponía contemplativa, no me gustan los misterios. ¿Qué mirás?, le pregunté una vez. Nada, contestó ella, y sonrió como si yo estuviera al tanto de todo. Le juro que me descolocaba. No, no podía decirle eso, si en el fondo yo esperaba ansioso esas miradas; las deseaba, aunque simultáneamente me produjeran aprensión, sentía que Gloria iba a descubrirme una malformación interna terrible, un cáncer de próstata, no sé. Que yo sepa no, soy muy sano; era ella, los ojos de ella que tenían el poder de paralizarme. Había noches que no podía dormirme porque, no bien bajaba los párpados, veía los ojos de Gloria escrutándome implacables y algo que no podía controlar se me revolvía adentro. Mire, una vez me levanté de la cama con la necesidad imperiosa de verme en el espejo, de estudiar los detalles de mi cara, de verificar no sé qué. Tan extrañado estaba, que anoté la hora y escribí un breve resumen de lo que me sucedía para, a la mañana siguiente, comprobar que no lo había soñado. Y no, no había sido un sueño. Esta mina me está jodiendo, volví a pensar, y decidí protegerme. La siguiente vez que ella amagó ponerse contemplativa, la apreté rápido a lo bruto y le estampé un beso tan lúbrico como no va a recibir otro. La tomé por sorpresa y se mostró confusa un s egundo, pero le gustó. Eso sí, besaba muy mal; ya va a aprender, pensaba yo besándola mientras ganaba terreno con la mano. Ella me dejó hacer hasta cierto punto y se separó tan trémula que pensé que la había vencido. Lo malo fue que yo, pasado de zaguán como quedé, no podía retroceder y tuve que pedirle terapia de urgencia a una amiga. Y sí, terminé casi antes de empezar. No, qué se va a molestar, conmigo todas prefieren el sexo oral. Diga que tengo la lengua entrenada, que si no...Me sirvió de experiencia. La vez que siguió fui prevenido, apliqué lúcidamente mis técnicas y fingí pasión, pero por dentro me mantuve más frío que un calamar. ¿Por qué no va a poder?. Si está sexualmente satisfecho puede, es una cuestión mental. Bueno, aunque sea créame que yo puedo. Me parece que usted retoza poco, mi amigo. No, no se ofenda, tiene razón, yo no sé nada de su vida íntima. Discúlpeme. En fin, la táctica dio resultado; llegué bastante más lejos, y cuando Gloria aplicó el freno y se apartó, supe que sólo era cuestión de tiempo. Entonces le trabajé la moral: que me moría de deseo, que tanta excitación insatisfecha me hacía daño, que así me empujaba a la cama con otras. Y ella, sabiendo tan bien como yo que estaba vencida, me dice: sé que sólo me querés a mí; como si me dijera qué importa que otras pongan el órgano si lo importante me pertenece. Craso error. No sé de dónde sacaba tanta seguridad en sí misma, Gloria. Pero la rendición estaba cerca. Fue cuando al abuelito, un salamín indócil le cayó definitivamente mal. Sí, se murió. ¡Eh, no me mire así!. Es la verdad; la presencia concreta de la muerte desata en las personas una rebelión de las fuerzas de la vida. Gloria era huérfana de padre y lo adoraba al viejo, sintió un vacío insoportable que debía llenar de algún modo. ¡Bendito sea el nono!, pensé. Estaba entregada, ávida de un calmante poderoso que la colmara. Y ahí estaba yo. Sin embargo, atento a las experiencias anteriores, me cuidé muy bien de controlar mi entusiasmo. Le fui aplicando toda la artillería liviana hasta sentirme dueño de su voluntad y fue justo en ese punto, cuando ya nada alcanza, que tuvo un impulso absurdo. ¿Sabe lo que me hizo?. Es de no creer. Escuche bien: me hundió el meñique en el agujero de la oreja. ¿Insinuación?. Violación, diría yo. Sí, duro como una estaca. Qué va a ser excitante; se nota que usted sólo probó la puntita del gotero. No, no es que me haya dolido tanto, fue la sensación. Reaccioné bruscamente, como la vez que una mosca se me quiso meter ahí. Pero luego me dio risa, no podía parar de reírme. Ella se ofendió. Si es lo que siempre digo: el que no sabe es como el que no ve. Después quise seguir pero estaba empacada; ningún reproche ni lágrimas, ningún desborde: empacada como una mula. Y yo -ahí sí que me equivoqué-, en lugar de arremeter con los tanques me puse persuasivo; hasta tierno, le diría. Le acariciaba el pelo, la besaba en la frente, le decía palabras suaves. Al principio, ni para atrás ni para adelante. Después fue aflojando de a poco; al final me dijo: lo mejor de vos es lo que no mostrás, frase hermética si las hay. Pero ya ella había vuelto a temperatura ambiente y yo había desperdiciado la mayor oportunidad de placer de mi vida. ¿Usted entiende por qué hice eso?. Si lo entiende explíquemelo, porque yo, la verdad... Sí, puede ser. Hum, eso me preocupa: la compasión es un sentimiento que no me está permitido, se opone a la voluntad de poder. Observe: ahí bajan la gordita y el muchacho abrazados. ¿Qué le parece?. Está bajando de este tren la reserva moral de la nación. En fin, el sábado que siguió... La verdad, no sé por qué le cuento estas cosas tan mías a usted, que lo acabo de conocer. Bueno, lo encuentro muy receptivo, y además es difícil que la casualidad vuelva a juntarnos. Sigo. El sábado que siguió, Gloria mencionó muy pronto lo que se había callado la vez anterior. "Te reíste de mí como un salvaje el otro día", dijo. "Soy un salvaje, ni te imaginás", le contesté. "¿Un salvaje que no sabe cuándo una mujer está decidida a todo?", siguió ella. Yo, sorprendido, la miraba sin responder. "Quiero acostarme con vos", agregó. Qué momento, no me salía nada, sólo hice un gesto de satisfacción. Luego llamé un taxi. Ya en el viaje fui preparando el clima. Ella tenía una tranquilidad y una alegría irresponsables. Decía las mismas palabras cariñosas de siempre, esas remanidas confesiones de amor, lugares comunes que terminan por aburrir. Yo también hacía lo de siempre, le murmuraba al oído las cosas que pensaba hacerle y trabajaba con las manos. Ella me dejaba, pero no sintonizaba la misma onda. Cuando entramos en la habitación se escurrió al baño y cerró la puerta. Irá a higienizarse, pensé. Cómo tardaba. Bah, a lo mejor no tardó tanto, aunque a mí me pareció un siglo. Para acortar la espera fui sacándome la ropa de la cintura para arriba. De pronto, la puerta se abrió y apareció toda desnuda. ¿Usted sabe lo que es el shock térmico?. Es un descenso abrupto de temperatura que se usa para pasteurizar la leche: mata todo. Bueno, Gloria me pasteurizó. Claro hombre, cómo va a obviar etapas: el erotismo es una serie de actos progresivos y ordenados. Desnudarse mutuamente es un paso imprescindible. No sé qué cara habré puesto que ella se detuvo como tocada por un rayo paralizante, hasta la sonrisa se le detuvo. La hubiera visto parada frente a mí como una estatua clásica. Qué piernas, qué tetas, qué proporciones; la Venus de Milo con brazos, parecía. ¿A usted lo calienta la Venus de Milo?. A mí tampoco. No sabía qué hacer, si sacarme los pantalones y los zapatos o ir y abrazarla. Me decidí por abrazarla. En el espejo la veía de atrás: tiene el culo más perfecto que yo conozca. Pero no había caso, mi ánimo estaba por la rodilla. Para peor, ella no hacía más que decirme "te quiero". Qué se le puede decir a una mujer que, en semejantes circunstancias, le dice a uno algo así. En la cama no puedo decir "te quiero". Póngase en mi lugar: yo tratando de encaminar la situación y ella perturbándome con esas dos palabritas. No me dejaba concentrar, era insoportable. El tiempo pasaba y yo seguía en punto muerto, cada vez más nervioso. Gloria, al contrario, ganaba en desenvoltura. Figúrese, es como si el vaso le indicara al vino la manera de volcarse dentro de él. Además, tocaba de oído y le salía realmente muy mal. La fellatio no es como chupar una naranja. Me irritaba. Al final, cuando vio que no podía, alzó los ojos desde allá abajo y me miró como suplicando, acalorada y humedecida, con las mejillas muy rojas. Puro simulacro; yo capto al vuelo la inminencia del placer y no sentía la menor vibración hedónica. Eso era el colmo y no lo aguanté. "Pará nena -le dije-, no te gastes en gimnasia si no sos capaz de sentir como mujer; es inútil, conmigo y con cualquier otro". Me miró a los ojos despacio, primero como incrédula y luego con esa mirada temible que yo le contaba, y saltó de la cama como si hubiera visto el virus del SIDA en persona. Volvió a encerrarse en el baño. Una lástima, si me hubiera dejado habría encontrado la forma, siempre la encuentro. Me quedé ahí confundido, esperando. No veía las cosas con la claridad de ahora: los gestos y las reacciones de Gloria habían sido muy convincentes y yo me había apesadumbrado, tenía una sensación de despojo que no podía precisar claramente. Así y todo, trataba de organizar mi cabeza para arreglar las cosas. Un hedonista no puede fracasar. Si la puerta del baño se hubiera abierto dos minutos más tarde posiblemente lo hubiera logrado, pero cuando se abrió, me tomó desprevenido. Gloria salió vestida y cruzó la habitación resuelta a irse sola. Entré en pánico. Tenía que detenerla y actué por impulso, hice algo que su estructura mental no podía entender en su verdadero significado. Gloria, la llamé. Ella se detuvo y me miró con frialdad. Las palabras no me salían. Entonces le sonreí enigmático, y para ofrecerle lo mejor de mí, lo que ninguna había dejado de valorar en grado superlativo, le mostré, sacándola de a poco, solemnemente le diría, todo el largo de mi lengua. Y mire, habrá pasado tan rápido como la sombra de un meteoro pero yo la vi, estoy seguro: hubo un instante de admiración en su cara, aunque lo que quedó fue lo que ella quiso mostrarme: repugnancia, desprecio. "Inmundo", dijo antes de dar el portazo. Qué le parece. Comprendo su silencio. Todos los días la espero a la salida de la escuela y se niega a hablarme. Allá voy ahora. Yo estoy dispuesto a perdonarla, la he perdonado. Sí, ya sé que un hedonista no debe insistir en el fracaso, pero no tengo alternativa. De ahí que esté en crisis. ¿Recuerda que le hablé de una sensación de despojo?. No tardé mucho en precisarla: Gloria se quedó con todo el placer que yo era capaz de sentir. Me bajo en la próxima.

 

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