espacio de rosa elvira peláez dedicado al minicuento
CUENTABREVE.2
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Y también había una vez más de treinta
y tres palabras...
LA
ESPERA
Esperando que ella lo
mirara con amor, el hombre se dedicó a estudiar las posibles miradas del amor.
Tanto se concentró en su estudio, para asegurarse el éxito, que no advirtió
cuando ella lo miró ni tampoco cuando se cansó de derrochar esa mirada.
Él nunca ha entendido
la decepción que hay en los ojos de ella y sigue estudiando. Espera.
EL JUEGO
Jugaban a las cartas
con frenesí a la luz de una simple bombilla. Cada noche, toda la noche, y de
día solamente dormían. Despechado por esa rutina, el día llenó de luces la
noche para ahuyentarla buscando recuperar la atención de aquellos indiferentes.
Los hombres, ahora,
juegan con gafas oscuras.
LA CARTA
La gente hace cosas estúpidas, ¿sabe usted? Muchas más cosas de la que imaginamos. Desde hace un mes estoy recibiendo una carta cada día, y todas las cartas proceden de la misma persona, lo cual no sería un fastidio si yo sintiera devoción por el remitente, si desfalleciera al no tener noticias suyas. Esas cartas me invaden, lo confieso, incluso con detalles que no quisiera ni siquiera oír de forma casual.
Pero es el caso, amigo mío, que estoy harto de esas
cartas. Harto, pero no sé qué hacer. Usted me dirá que indague su origen, y
luego trate de encarar a quien las manda: yo sé el origen, se lo aseguro, ¿y de
qué me sirve?; por más que lo intento, no puedo evitarlas. Cada mediodía, como
si compitiera con el reloj, paso apurado por el correo a depositar la carta.
DESEO
Estoy
muerto de amor por esa mujer y no puedo controlar mi pasión. Pienso en ella
continuamente, deliro por volver a verla. Pero ella, ah... pareciera que sólo
vive para demostrarme indiferencia. Una indiferencia que me mata con
redundancia.
Aunque
viniera sin flores, yo estaría contento. Sólo con percibir que está ahí, del
otro lado del mármol, me haría feliz.
A PRIMERA VISTA
El primer día que la vi
marcó mi eternidad. Fue un amor a primera vista, también una comida a primera
vista. Ella llevaba un vestido que parecía el jardín botánico desbordado
después de una temporada de fuertes lluvias. A medida que se aproximaba, sus
aromas me enloquecían, y súbitamente se propagó el perfume de mi pasión,
incontrolable. Pasó a mi lado y fue cuando supe que era tarde, había plantas
carnívoras en ese jardín.
Fui devorado.
LA PAUTA
Hay
que estar sin soñar una semana y luego soñar lo que uno quiere para
concretarlo.
Cumplió
la pauta pero, cosas del azar, soñó lo que no pensaba: desde esa noche el
hombre no se encuentra.
COMPAÑÍA
La hormiga se cruza en
mi camino continuamente. Estoy obsesionándome con ella; la analicé con una lupa
-sin hacerle ningún daño, por supuesto- sólo para corroborar que siempre me
ronda la misma hormiga. No me llama la atención este hecho como
que sea una única hormiga -siempre leí, supe y vi que viven en grupos-, lo cual
me llevó a preguntarme si ella entenderá lo que es la soledad. Tal vez le
perturba el tema y, por esta razón, ha decidido acompañarme.
SUEÑOS EXTRAVIADOS
Los
sueños extraviados ocupan el mayor espacio en mi casa. Debido a su naturaleza
es razonable que tengan una independencia total. Cada día que pasa fagocitan
más espacio. Más y más. Son tantos, que su fuerza crece. Comienzo a sentirme
inservible. Me abruma no poder soñar todo lo que quisiera, pienso que sería,
acaso, una forma de hacer valer mi presencia en la casa. Estoy confundido, y
temo.
Desde
anoche, estoy durmiendo en el jardín. No sé qué me espera en el futuro. Presumo
que el sueño recurrente del clan de los sueños extraviados es que se deshace de
mí.
Y también
más de cien palabras...
NUBES
La ciencia no deja de asombrar al mundo.
Bañarse en nubes puede ser un buen tratamiento para aligerar las tensiones al
finalizar el día. Duraron dos años los estudios y fueron tan halagüeños que la
producción se las ingenió para no demorar la entrada de un nuevo producto en el
mercado.
Ya pueden adquirirse prácticas bolsas de diez nubes de alta capacidad expansiva por minuto. Las contraindicaciones sólo indican que deben abstenerse las personas que no toleran las alturas (el vértigo con un baño de nubes puede ser mortal). A corto plazo, podrán comprarse bolsas con nubes de colores y, para los más exigentes, se preparan ediciones especiales de nubes de tormenta (con un rayo de obsequio).
MUJER
EXTRAÑA
Es una mujer extraña.
Lloró cuarenta y dos días seguidos. Tenía muchas deudas pendientes para llorar
porque siempre se había exigido mesura, equilibrio y una cara con una felicidad
construida hasta el menor detalle.Después que lloró, se detuvo un rato frente
al espejo, decidida a cambiar. Iba a cambiar radicalmente, y para hacerlo se
construyó una cara de pena perfecta, hasta el más mínimo detalle. Pero las
intenciones no bastan. Demasiado tiempo mintió ser feliz, y las mentiras se
acostumbran a la vida con facilidad.Por eso es una mujer extraña. Nadie
entiende que se ría con semejante amargura en el rostro.
DEMORADO PARA EL TRABAJO
Había tenido un sueño pésimo, apenas si pudo
descansar. Salió apurado de la casa –el despertador se había quedado dormido y
pensó que era hora de cambiarlo– y al bajar las escaleras se encontró con el
ahorcado. Algo ambiguo, para ser exactos, porque el ahorcado hablaba.
Desde su incómoda posición, así colgado de la
lámpara del vestíbulo, el ahorcado lo saludó con una voz deformada por la
presión de la cuerda en la laringe y le pidió un vaso de agua. Le resultaba
conocido el sujeto... ¿de dónde?, se preguntó el hombre, que estaba muy
apurado, y pensó que era cierto: desde que se había levantado tenía mucha sed.
Pero llegaría tarde al trabajo. El maldito trabajo que odiaba. Esto también lo
pensó, y fue lo que terminó decidiéndolo. Hizo un último movimiento, y se
ahorcó.
Otros cuentos de la autora en WEMILERE.
LA MANADA
Demasiada tristeza. La
mirada fatigada del hombre decidió que era el momento de la despedida y, en
silencio, el hombre hizo un gesto. Fue tan leve el gesto que ha sido imposible
precisar si estaba asintiendo o si la derrota le robaba la vida. Los testigos
que lo vieron caer junto a ellos coinciden en que parecía un hombre tranquilo
mirando a su alrededor. Todos afirman que su mirada era muy triste y nadie
recuerda que dijera una palabra. Aún los médicos no logran explicar ese
cadáver. Tampoco pueden saber que hay una mirada triste buscando a su dueño. No
existen estadísticas para las miradas tristes que quedan abandonadas. La manada
crece.
COMPRENSIÓN
Tocaron fuerte en mi
puerta, escandalosamente fuerte, me levanté de la cama y fui a abrir con malhumor.
Esa tarde sufría un dolor de muelas de esos que nos revuelve la cabeza, pero,
ante todo, no tolero esos gestos. Abrí, era él.Se apareció con la cabeza en la
mano y me saludó con ese tono dulce de su voz que parecía abrazar y me hace
feliz, pero de inmediato me reprochó por qué no había ido a la cita. No alzó la
voz, simplemente la vistió de tristeza, incluso la noté un poco entrecortada.
Me dijo que ya todo sería distinto desde esa tarde. Ah, la cita, recordé, y
maldije mi neuralgia. Habíamos quedado en vernos en la estación Haedo del tren,
quería llevarme a conocer a su familia. Fue entonces cuando comprendí por qué
había tocado de ese modo tan inusual en él. Sentí mucha ternura, muchísima, él
lloraba, y lo perdoné.
EL CUCÚ
El reloj cucú no es el
mismo de siempre. Lo descubrí hace unas semanas. Sospecho que simula ser el
mismo para que yo no advierta la oscura maniobra en que anda, pero soy más vivo
que él, y sé. Sé, y lo dejo hacer, lo despisto.Para demostrarle que no sé nada
–para engañarlo, entiéndase-, le hago coro cada vez que da las horas y las
medias. El reloj cucú no esperaba semejante actitud de mi parte, me doy cuenta
porque ha comenzado a aplicar, a ratos, una variante: atrasa ligeramente o
adelanta, y sé que lo hace exclusivamente para que yo equivoque mi
puntualidad.Pero soy más listo que el reloj cucú, intuyo cuándo va a atrasarse
o adelantarse el pajarito, y mi voz se une a la monotonía de su canto
artificial. El reloj cucú cree que me va enloquecer con sus oscuras maniobras.
Qué equivocado está. No sabe lo equivocado que está, y es una lástima.
BÚSQUEDA
No sé dónde buscar.
Pero lo principal, la idea de no encontrar nada me espanta. Posiblemente a ello
se deba mi desgarro para manejarme con el tiempo, el estéril apresuramiento de
mis actos, mi obsesión con la búsqueda. Anoche tuve una pesadilla: soñé que me
mataba buscando. Tan enloquecidamente buscaba y buscaba.Cuando me levanté, miré
con ojeriza al viejo reloj de pared herencia de los abuelos. Recordaba
perfectamente que en el momento en que agonizaba en medio de mi frenética
búsqueda de algo que ignoro, el reloj se atusaba las agujas como si fuesen las
dos alas de un bigote halcón. El maldito reloj me hacía sentir una presa sin
escape. Incluso, confundí los latidos de mi corazón con las campanadas. Cada
campanada era una mordida que me restaba aliento.Después que la duodécima
campana se extinguió no supe más. Ahora mismo, no sé si es la mañana posterior
a mi pesadilla o si es la primera mañana de mi muerte. Tal vez la muerte es lo
que debía encontrar. Quién sabe. Intentaré buscar con más calma hoy, hasta con
un poco de descuido. Acaso encuentre el sentido de mi vida.
EL SUEÑO
Hacía tantos años que no soñaba,
que fui al médico. Me recetó una caja de sueños anaranjados, categoría
XII-DTR-100mg., y me indicó la dirección de la única farmacia de la ciudad
donde expendían el medicamento. Con ese sueño, en proporciones crecientes,
triplicando la dosis cada día, al quinto día me iba a sentir un hombre nuevo,
un soñador insuperable. No me gusta el color anaranjado, pero el doctor me negó
la posibilidad de cambiarlo. Para mi dolencia, tenía que ser eso o nada. Y
respeté la prescripción facultativa: hoy soy un soñador constante. El
medicamento me alcanzó justamente para las dosis de cinco días; al tercero
comencé a soñar, soñé profusamente pero sobre todo de forma diversa, y al
quinto día la variedad temática de mis sueños era deslumbrante, pero a partir
del sexto hubo un giro crucial... Despertarme me martiriza, por eso fui al
mismo médico, había muerto, nadie sabía de sus extrañas prácticas. Desesperado,
me dirigí a la farmacia, ya no existía y nadie supo decirme dónde encontrar
otro establecimiento como aquel. Cada mañana es un martirio, porque he seguido
soñando, todas las noches, pero siempre sueño lo mismo: que soy un hombre
verde. Mi color favorito.
Había una
vez unas pocas palabras.... Y me despido, chaooo...
CURIOSIDAD
Me asomé al libro y caí
en un sueño del que no puedo despertar. Pero sí puedo escribir sobre él. Y todo
sobre mi sueño está en el libro al que me asomé.
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para la microficción... ![]()
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De todos los
cuentos que hasta aquí leíste © Rosa Elvira Peláez. Buenos Aires, 1999-2002.
CUENTABREVE.2002-2004
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